¿Qué es Hechos 29?…. Escribiendo el capítulo que falta
El libro bíblico de los Hechos de los Apóstoles en el Nuevo Testamento concluye en el capítulo 28. Sin embargo, la misión no terminó allí. Hechos 29 nace como un movimiento, un encuentro y una comunidad viva que representa la continuación de esa misma historia: el llamado constante de la Iglesia a ser y hacer testimonio de fe.
Entendemos que cada creyente, comunidad y misionero moderno —tanto en el mundo físico como en el digital— está llamado a «escribir» con su vida el capítulo 29 de Hechos. Nuestro propósito es ser un punto de encuentro, equipamiento y envío, conectando a nuevas generaciones con el evangelio para llevar esperanza, transformar realidades y continuar la expansión de la misión de Jesús en el mundo de hoy. Es desde este espíritu de continuidad y misión compartida que nace la siguiente reflexión.
La sinfonía de la misión digital
Hace poco participé en una mesa redonda en la reunión de Evangelizadores digitales más grande de América Latina. En el evento final nos reunimos más de 500 personas que nos dedicamos a la misión digital: músicos, diseñadores, creadores de contenidos, influencers.
Tuve el honor de integrarme al panel de conversación titulado «Mirad cómo se aman: la misión nos une, no competimos». Compartí este espacio junto a destacados ponentes: la especialista del Vaticano Verónica Brunkov, el teólogo Agustín Podestá y Juampi Pagliero, representante de El Rincón Católico.
Partimos de una idea que compartimos todos: el algoritmo premia el conflicto, privilegia la confrontación, el juicio doctrinal apresurado y la polarización que retiene la atención a costa de fracturar la comunión. Sin embargo, en el continente digital la Iglesia está llamada a dar un testimonio contracultural: el de la fraternidad. El reto era hablar sobre cómo vivir la misión digital no como una carrera de rivales por el engagement, sino como un cuerpo donde todos somos hermanos.
1. La llamada previa y la diversidad de carismas
El punto de partida lo marcó el catequista y fisioterapeuta argentino JuanPi, recordando el pasaje de Marcos 3, 13-14:
«Jesús llama a los doce primero para que estuvieran con Él y luego para enviarlos. Humanamente, Mateo difícilmente hubiera elegido a Pedro, ni Pedro a Mateo; pero Jesús sí los elegió a los dos. Primero está la experiencia personal con el Señor, y de ahí brota el no poder callar lo que hemos visto y oído».
Destacando que es Jesús quien llama, aunque los discípulos nunca se hubieran escogido, y durante su anterior vida habría jugado en bandas opuestas, por ejemplo Mateo el publicano habrá saltado chispas con Simón el Zelote. Los dos llamados a ser apóstoles y a vivir la unidad.
A partir de esta idea, tuve la oportunidad de conectar con el capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios para subrayar que la pluralidad de estilos no es una amenaza, sino un don del Espíritu: «No todos los misioneros digitales estamos cortados con la misma tijera. Hay a quienes les gusta alabar de pie y bailando, y a quienes nos gusta alabar de rodillas en completo silencio: ninguna forma es mejor que la otra. El algoritmo suele premiar la polémica o la crítica de quien dice «a este le falta precisión», pero cuando hay unidad y caridad, como dice San Pablo en el capítulo 13, el amor se hace presente».
2. Nadie es todólogo: poner los dones en común
El teólogo argentino Agustín Podestá (Hablemos de Teología) trajo a la mesa la experiencia del libro de los Hechos de los Apóstoles y el Concilio de Jerusalén (Hch 15), recordando que las tensiones entre visiones distintas siempre han existido en la Iglesia, pero se superaban poniendo «todo en común»:
«A veces pensamos los espacios de misión digital como algo propio, aislado e individual. En Argentina decimos que alguien «se corta solo» cuando no trabaja en comunidad. Pero nadie puede abararlo todo; no tenemos que ser «todólogos». Como el Buen Samaritano, que no pudo resolverlo todo solo y recurrió al posadero, nosotros debemos aprender a apoyarnos en los demás: si me preguntan algo que no domino, lo más honesto y eclesial es recomendar a otro hermano que esté mejor capacitado en esa materia».
Agustín destacó también el valor de tejer redes presenciales y cotidianas (como grupos de acompañamiento o redes continentales) para no caminar solos y tener hermanos capaces de corregir y sostener en el camino.
3. Lo esencial y lo accidental: el escándalo de la división
Verónica Brunkov que trabaja en el proyecto La Iglesia Te Escucha del Dicasterio para la Comunicación, interpeló directamente la responsabilidad tanto de los creadores como de las comunidades en los comentarios:
«Antes de comentar o publicar, deberíamos hacer un minuto de silencio y preguntarnos: ¿estoy sembrando unidad o cizaña? La Iglesia no necesita uniformidad, la unidad admite diferencias. A veces armamos un espectáculo en redes peleando por cosas accidentales y secundarias, en lugar de centrarnos en lo esencial del Credo».
Verónica ilustró este peligro con elocuencia:
«Si un joven alejado entra por primera vez a una iglesia con una gorra puesta, lo peor que puede pasar es que alguien le grite que se la quite antes de acogerlo. Lo mismo pasa en redes: si alguien comenta por primera vez en un post católico y nos lanzamos a corregir su teología con soberbia, jamás volverá a interactuar. No estamos en el patio cerrado de nuestra parroquia; estamos ante personas heridas y buscadoras que necesitan espacios de acogida».
Recordó además la imagen pedagógica de un obispo que en su huerto tenía manzanos, limoneros y árboles diversos: «Falta el de ustedes, porque mi diócesis es de todos los colores. Aunque a mí no me guste una fruta, qué bueno que a otros les sirva y les acerque a Dios».
4. La caridad en la práctica: responder sin polarizar
En el terreno concreto de la interacción diaria, el gran desafío del evangelizador no reside únicamente en redactar un buen guión o editar un video atractivo, sino en cómo gestiona el espacio más impredecible de las plataformas: la sección de comentarios y el diálogo directo con quienes disienten.
La tentación habitual ante la hostilidad o la incomprensión suele ser el silencio evasivo o, en el extremo opuesto, el contraataque dialéctico que busca vencer antes que convencer.
En el diálogo práctico sobre el trato con los usuarios y las críticas, compartí una anécdota personal sobre cómo el testimonio del tono es, en sí mismo, evangelizador:
«Una vez subí un video sobre el purgatorio que se difundió ampliamente entre hermanos protestantes y se llenó de objeciones. Al principio pensé no responder, pero vi que se armaba una discusión agresiva en los comentarios. Decidí intervenir respondiendo punto por punto con la mayor delicadeza y caridad posible. Con una señora tuve un diálogo de más de veinte mensajes; al final, otro usuario me escribió diciendo que lo que más le había tocado y acercado a la Iglesia no habían sido las razones teóricas, sino la forma y la paciencia de no entrar al choque».
5. La red que sostiene y la generosidad algorítmica
El trabajo en redes sociales conlleva un riesgo silencioso pero recurrente: el aislamiento del creador, la fatiga emocional y el desgaste ante las críticas destructivas. Frente a esta vulnerabilidad, la fraternidad eclesial deja de ser un concepto teórico para convertirse en una necesidad vital de sostenimiento mutuo.
Hacia el cierre del panel, JuanPi dejó una síntesis sobre el sentido profundo de la fraternidad misionera:
«Leía hace poco una frase que me conmovió: «La única red social que importa es la que te sostiene cuando te caes». Imagino una red con nudos de distintos colores, telas y grosores: esos somos nosotros. Cuando sostenemos al hermano, él también nos sostiene en nuestra cruz. Si la gente entra a ver las cuentas católicas y nos ve atacándonos, no dirán «mirad cómo se aman», sino «mirad cómo se dan». El amor mutuo evangeliza mucho más que cualquier contenido».
Por último, fue un llamado a romper la lógica del recelo algorítmico, buscar apoyar, comentar y dar visibilidad al trabajo de los demás, porque, cuando un hermano evangeliza y toca un corazón, no gana un perfil particular: gana Cristo y gana la Iglesia.
La autenticidad del testimonio cristiano en el entorno digital no se mide por la viralidad del mensaje ni por la cantidad de seguidores acumulados, sino por el estilo: una presencia marcada por la escucha atenta, la mansedumbre y la comunión eclesial.
Al desterrar la lógica de la rivalidad para asumir la de la corresponsabilidad fraterna, la misión digital deja de ser una vitrina de protagonismos individuales y se transforma en lo que verdaderamente debe ser: un puente vivo que cura heridas, refleja la belleza de la Iglesia y conduce desde el contacto virtual hacia el encuentro real y sacramental con Jesucristo.

