Y aquí viene una pregunta que a veces incomoda, pero que como padres vale la pena hacernos: ¿qué pasa cuando nuestros hijos buscan amor… y lo buscan mal? Cuando piden atención con berrinches, cuando se ponen insoportables, cuando se cierran, cuando parecen fríos, cuando mendigan aprobación en redes. No es que estén fallando. Es que están aprendiendo a amar… y todavía no saben.
Pedro Juan Viladrich lo explica con una claridad que da mucha paz: el amor comienza en la necesidad. Y no hay que asustarse de eso. Necesitar amor no es debilidad. Es humanidad.
El “ámame” disfrazado: aprender a leer el corazón de los hijos
Una vez escuché a una mamá decir, con cierto orgullo: “Mi hijo es súper independiente, no necesita a nadie”. Y pensé: ¿y si no es independencia… sino miedo a necesitar? Porque hay necesidades que se disfrazan.
A veces el “ámame” aparece camuflado en frases como “no me importa”, “déjame”, “yo puedo solo”, o incluso en un “odio esta casa”, cuando en el fondo lo único que hay es un deseo profundo de ser visto.
Aquí los padres estamos llamados a algo muy fino y muy humano: aprender a leer el corazón detrás del comportamiento.

De la necesidad a la capacidad: cómo crece el amor
Nacemos más necesitados de ser amados que capaces de amar. Pensemos en un bebé: si nadie lo alimenta, lo carga, lo mira y lo cuida, no sobrevive. No es un capricho. Es vida. Pero lo más hermoso es esto: en ese mismo bebé ya está escondida la capacidad de amar, aunque todavía no se manifieste como un acto consciente. Está ahí como una semilla.
Cuando un bebé sonríe por primera vez, no es sólo ternura. Es su primera manera de decir: “Te reconozco. Te necesito. Y te quiero también”. Ahí empieza el amor que da. Educar, entonces, no es eliminar la necesidad, sino acompañar el crecimiento de esa capacidad.
Cómo se aprende a amar en familia
Aquí va una verdad sencilla y profundamente real: los hijos aprenden a amar viendo cómo se aman sus padres. No tanto por lo que decimos, sino por lo que vivimos.
Pedro Juan Viladrich insiste en una verdad profunda y contracultural: el varón y la mujer no aman igual, pero se complementan. No se trata de competir ni de parecerse, sino de reconocerse distintos y necesarios.
El amor del varón suele expresarse desde la acción: proteger, sostener, dar dirección, resolver. El amor de la mujer suele expresarse desde la acogida: cuidar, escuchar, leer el corazón, crear hogar. Uno abraza desde fuera. La otra abraza desde dentro. Y cuando estos dos modos de amar se complementan, los hijos reciben una lección silenciosa que los marca para siempre: el amor verdadero es firme y tierno a la vez.

Educar el corazón: del amor que pide al amor que da
El niño ama primero desde el “ámame”. Con el tiempo, si es bien acompañado, descubre que puede amar dando. Ese paso no se logra con discursos largos ni con frases perfectas. Se logra en lo cotidiano.
Se aprende en cómo corregimos, en cómo pedimos perdón, en cómo tratamos al otro cuando estamos cansados y en cómo resolvemos los conflictos dentro de casa. Amar es buscar el bien del otro y eso se aprende en casa.
San José: el amor que sostiene sin hacer ruido
Cuando pienso en el amor que se aprende en casa, siempre se me viene a la mente San José. No pronuncia una sola palabra en el Evangelio. No da discursos. No busca protagonismo. Pero ama. Ama cuidando, ama protegiendo, ama trabajando, ama quedándose cuando todo se vuelve incierto.
José no ama desde la necesidad de ser visto, sino desde la capacidad de entregarse. Su amor es silencioso, constante, firme. Un amor que no brilla, pero sostiene.
En su hogar, Jesús aprendió algo esencial: que amar es permanecer, asumir responsabilidades y cuidar lo que se nos ha confiado.
Y María, con su ternura y su disponibilidad, enseñó que amar también es acoger, escuchar, acompañar y guardar en el corazón. Ahí, en ese hogar sencillo de Nazaret, el amor se aprendió viviendo.
Jesús: aprender a amar como Él
Jesús también tuvo necesidades humanas: hambre, sueño, cansancio, tristeza. Pero no se quedó ahí. Eligió amar. Y su amor no fue solo emoción, fue decisión y entrega. Por eso el amor cristiano no es simplemente “ser buena gente”. Es aprender a amar como Cristo, empezando por casa, en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo real.
El amor se aprende… y se multiplica
Tal vez hoy tus hijos están en la etapa del “ámame”. Tal vez están empezando a descubrir que ya pueden amar. Sea como sea, recuerda: cada gesto cotidiano va modelando el modo en que tus hijos aprenderán a amar. Estás acompañando el nacimiento de una capacidad que los acompañará toda la vida. El amor se aprende… y se multiplica.



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