«Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»(Jn 18, 37)
¿POR QUÉ LA IGLESIA NECESITÓ PROCLAMAR A CRISTO COMO REY?
Hubo un tiempo en que varios miembros de la Iglesia confundieron su objetivo.. Fueron tiempos oscuros, en los cuales la ambición por el poder terrenal se inmiscuyó en ella: las conquistas, los clérigos, los imperios y los reinos usaban el término “católico” para justificar sus atropellos.
Pero desde el siglo XIX, nuevas doctrinas sociales y económicas comenzaron a ganar terreno; y, los católicos pasaron de ser perseguidores a perseguidos.
El orden mundial exigía menos demostraciones de fe y más compromiso con los estados y sus medios de producción.
En medio de un convulsionado ambiente social, en 1925, el Papa Pío XI, emitió la Encíclica “Quas Primas”, mediante la cual creó una nueva festividad en el calendario litúrgico, con la finalidad de levantar el espíritu del pueblo cristiano, al proclamar a Cristo como Rey del Universo.
En un principio, la fiesta se estableció para el último domingo de octubre, pero más tarde, en 1969, el Papa Pablo VI le otorgó su título y fecha actual.
«Porque si a Cristo Nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están sujetos por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía.
Es, pues, necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los efectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas». (Quas Primas, 34)
¿POR QUÉ SU REINO NO ES DE ESTE MUNDO?
Lo dijo Él mismo a Poncio Pilato: «Mi reino no es de este mundo. Si Mi reino fuera de este mundo, entonces Mis servidores pelearían para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora Mi reino no es de aquí» ( Juan 18:36)
Si nos situamos en el contexto histórico de la época de Jesús, el pueblo judío vivía bajo la dominación del Imperio Romano, un vasto régimen, que se extendía a fuerza de guerra y sangre; y, controlaba sus territorios lejanos con mano dura, aplicando severas sanciones a quienes osaran desafiar sus leyes.
El pueblo esperaba desde siempre un Mesías guerrero, un líder rebelde que los defienda con los mismos métodos con los que Roma los había sometido.
Cuando Él les arrancó esta esperanza, fue fácil para los líderes locales incendiar a la muchedumbre calificándolo de farsante; y, convencer a los romanos de que era una amenaza. Unos y otros descalificaron ese supuesto “Reino” que Él venía a proclamar porque no encajaba en sus planes y porque desinflaba la concepción bélica que tenían de un verdadero rey.
Los judíos lo mataron porque no era el rey que ellos esperaban. Desilusionó a sus fanáticos. Los romanos lo mataron porque no querían que nadie despojara del poder a su soberano. Asustó a sus enemigos.
Y YO …¿ESTOY DISPUESTO A SEGUIR A UN REY IMPOPULAR?
Los tiempos han cambiado; pero la humanidad sigue siendo la misma que en los tiempos de Jesús. Mismos pecados; mismas limitaciones; mismas ambiciones.
Siendo sinceros, todavía en nuestro tiempo, si pedimos a alguien que imagine un rey, es lógico que las primeras imágenes que vengan a la mente sean: una corona, una espada, ropa elegante, poder, palacios, riquezas…
Por su lado, Cristo también sigue siendo el mismo. Aceptémoslo: Su Reino sigue sonando impopular, su mensaje no ha cambiado en dos siglos. Nadie quiere cargar la cruz; poner la otra mejilla; compartir su riqueza con los pobres ni ocupar el último puesto. Su doctrina sigue siendo igual de incomprensible.
Seguimos sin aceptar que su Reino es de Amor, de Perdón y de Misericordia. Que su Poder no radica en acumular aquello que desaparece con el tiempo; que su Fuerza no es Humana ni su Autoridad, transitoria.
Seguimos esperando un Rey que llegue en medio del fuego a mostrar su poder con esplendor; pero esa llegada no nos corresponde a nosotros saber cuándo será.
Frente a esas dudas, esta fiesta nos recuerda que nuestro caminar por este mundo debe ser conducido por la Soberana Voluntad de su poder y sus Mandatos.
Si realmente queremos que Cristo sea Rey, nos corresponde a nosotros generar el ambiente propicio para que gobierne nuestras vidas; y, las vidas de quienes nos rodean.
No es popular, ni cómodo, ni fácil. Pero confiamos en su Palabra: “…Y todo el que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna…”
¿Nos atrevemos a desacomodarnos por ese Reino?

