Es una escena que se repite casi semanalmente en distintos ámbitos, en los pasillos de nuestros colegios, al final de la misa dominical: padres con el rostro cansado y el alma inquieta que preguntan: «Padre, ¿qué hicimos mal? Mi hijo ya no quiere ir a la iglesia, dice que se aburre… y antes no era así».
Esta inquietud, especialmente aguda cuando llega la adolescencia, es el síntoma de una época donde la transmisión de la fe ya no se da por «inercia social». Hoy, la fe es una elección contracorriente.
Transmitir la fe no es traspasar un conjunto de normas o un manual de buenas costumbres; es facilitar un encuentro personal con Jesucristo. Para lograrlo en el mundo actual, debemos repensar nuestra labor como «primeros educadores».

1. El hogar como «Iglesia Doméstica» y el valor de la naturalidad
San Josemaría solía decir que los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo espiritual. Pero esta educación no se da en un aula, sino en la mesa, en el carro camino al entrenamiento, y en los momentos de descanso.
- La fe se respira, no se impone: La piedad en la familia debe ser natural. Si los hijos ven que para sus padres la oración es un momento de paz y no una carga pesada, aprenderán a amarla. No se trata de «obligar» a rezar el Rosario como quien cumple una sentencia, sino de invitar a participar de una conversación con Alguien que nos ama.
- La coherencia como lenguaje: El adolescente tiene un detector de mentiras muy afinado. Si predicamos caridad pero nos escuchan criticar al vecino, o si hablamos de desapego pero vivimos esclavos del consumo, el mensaje de la fe se vuelve ruido. La transmisión de la fe requiere, ante todo, una lucha personal de los padres por ser santos, con todas sus debilidades pero con un esfuerzo sincero por volver a empezar.
2. El desafío de la adolescencia: De la autoridad a la amistad
Llegada la adolescencia, el joven necesita «romper» con lo heredado para hacerlo propio. Es un proceso de maduración necesario, aunque doloroso para los padres. En esta etapa, el modelo de comunicación debe transformarse.
- Hacerse amigos de los hijos: Esta es una de las enseñanzas más potentes de san Josemaría. Ser amigo significa saber escuchar, dedicar tiempo de calidad (muchas veces «perder el tiempo» con ellos) y ganarse su confianza. Solo en un clima de verdadera amistad el joven se sentirá libre para exponer sus dudas, sus crisis de fe y sus rechazos sin miedo a ser juzgado.
- Respetar la libertad: Dios es el primer respetuoso de la libertad humana, y nosotros debemos imitarlo. Forzar a un adolescente a cumplir prácticas externas de piedad cuando su corazón está lejos puede generar una herida de hipocresía o una rebelión definitiva. Es preferible que un joven rece menos, pero que lo haga con sinceridad, a que cumpla por miedo al castigo o al mal humor de los padres.

3. La «profesionalidad» del amor: Formación intelectual y digital
En un mundo saturado de información y de ideologías que a menudo contradicen la visión cristiana del hombre, no basta con una fe sentimental. Necesitamos padres «profesionales» de la educación.
- Dar razón de nuestra esperanza: Los jóvenes hoy se enfrentan a desafíos intelectuales complejos sobre la ciencia, la sexualidad, el dolor y la existencia de Dios. Los padres deben formarse, leer, estudiar y estar preparados para dialogar. Si un hijo pregunta «¿por qué la Iglesia dice esto?» y la respuesta es «porque sí», hemos perdido una oportunidad de oro.
- La fe en la era digital: Como expertos en evangelización digital, sabemos que los hijos viven en un continente nuevo: las redes sociales. Transmitir la fe hoy implica también enseñarles el discernimiento digital, el valor del silencio en un mundo ruidoso y la importancia de la caridad en el trato virtual. La fe también se transmite a través del uso que damos al teléfono y de cómo protegemos nuestra mirada y nuestro corazón en la red.
4. La pedagogía de la belleza y la alegría
A menudo cometemos el error de presentar la fe como un listado de «noes»: no hagas esto, no digas aquello. Pero el cristianismo es, ante todo, un gran «SÍ» al Amor, a la Vida y a la Belleza.
- Mostrar la belleza: La fe entra por los ojos. Una liturgia bien cuidada, el arte cristiano, el contacto con la creación y, sobre todo, la belleza de una vida entregada a los demás son los mejores argumentos. Debemos mostrarles que seguir a Cristo no nos quita nada, sino que nos da el ciento por ciento de alegría y plenitud.
- El sentido del humor y el optimismo: Un hogar cristiano debe ser luminoso y alegre. El mal genio y la cara de vinagre son los mayores enemigos de la evangelización. Como decía san Agustín, «el que tiene caridad, tiene paz; y el que tiene paz, tiene alegría».

5. La oración: Cuando las palabras se agotan
Hay momentos en que, por más que intentemos hablar, el muro parece infranqueable. Es ahí donde comienza la labor más profunda de la transmisión de la fe: la intercesión.
- Hablarle a Dios de nuestros hijos: Santa Mónica es el gran modelo. Cuando ya no podemos hablarles a ellos de Dios, debemos redoblar el tiempo hablando a Dios de ellos. La oración de una madre o de un padre por la fe de sus hijos es una fuerza irresistible para el Corazón de Jesús.
- Paciencia y esperanza: La fe es una semilla. A veces el invierno es largo y parece que nada brota. Pero si la semilla fue sembrada con amor, testimonio y libertad, terminará floreciendo en el momento en que el joven, quizás ya adulto, necesite un ancla firme en medio de las tormentas de la vida.
El legado más grande
Al final de nuestros días, no nos preguntarán cuántas posesiones dejamos a nuestros hijos, sino cuánto amor y cuánta fe les transmitimos. No se desanimen si los resultados no son inmediatos. Dios cuenta con su esfuerzo, con su oración y con su cariño. Sigan sembrando con alegría, siendo testigos de que vivir cerca de Dios es la aventura más fascinante que un ser humano puede emprender.



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