Las imágenes y mensajes que circulan en redes sociales parecieran sugerir que quien no es capaz de sonreír en medio de todas las dificultades, mantenerse enfocado y motivado el día entero, o mirar con optimismo el futuro, tiene problemas de salud mental. ¿Es esto cierto?
SER FELIZ HOY
El mundo contemporáneo maneja conceptos abstractos con una relatividad asombrosa; al punto de atreverse a plantear soluciones coyunturales para problemas estructurales. Como si ser feliz fuese únicamente un tema de actitud frente a la vida. De educación. De recursos económicos.
Pareciera que para ser feliz sólo hace falta pensar en positivo todo el tiempo; tener los recursos para disfrutar de los placeres de la vida, manejar un buen auto o vivir en una casa lujosa.
Qué cosa más alejada de la verdad, ¿no crees? Si esto fuera cierto, no habría altas tasas de suicidio en las clases altas, ni tantas personas famosas con depresión.
La dicotomía entre el dolor y la alegría se ha convertido en un dilema que condiciona la vida de las personas, como si fueran dos polos opuestos.
Contrario a eso, las enseñanzas del evangelio nos llevan a cuestionar nuestra forma de enfrentar lo que hasta hoy hemos llamado sufrimiento; así como dónde encontrar la verdadera felicidad.
APRENDER A SUFRIR
Lo primero que debemos decir es que lo común es que a nadie le guste el sufrimiento. De hecho, el mundo nos invita a evadirlo a toda costa. No es raro ver cómo las personas recurren a mecanismos temporales para evadir sus momentos difíciles. Soluciones de coyuntura para problemas de estructura.
Frente a la invitación de despreciar el dolor recibimos, de parte de Jesús, un mensaje contradictorio: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consuelo”. ( Mateo 5:4)
De hecho, Jesús mismo no estuvo libre del dolor. De quienes ni lo conocían recibió acusaciones. De quienes ayudó y curó, ingratitud y desprecio. Y hasta de sus propios amigos, traición, negación y abandono.
Y Él, Siendo Dios, se sometió humildemente a la Voluntad perfecta del Padre Celestial, cumpliendo una misión que le significó muchos momentos duros. “Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. ( Mateo 26:39)
APRENDER A SER FELIZ
Dicho esto, la lógica debería llevarnos a pensar que si no nos gusta el dolor, todos deberíamos hacer lo que esté a nuestro alcance para ser felices.
Si hiciéramos una encuesta, seguramente el deseo más generalizado de los seres humanos, sería sin duda: SER
FELIZ.
Pues sorprendentemente, resulta que tampoco sabemos ser felices. Y si no me cree, eche un vistazo a la cantidad de gente que atenta contra su propia vida consumiendo alcohol y drogas; comprando artículos de lujo, y sometiéndose a experimentos esotéricos de todo tipo, para supuestamente encontrar la felicidad.
Obviamente ya sabemos que la búsqueda se centra en los lugares equivocados. Nuevamente, soluciones temporales para problemas de fondo.
La receta viene una vez más sin secretos desde la Biblia: “Y la paz de Dios, que es mayor de lo que se pueden imaginar, les guardará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús…” (Filipenses 4:7)
¿Cómo se consigue esa paz? El mismo San Pablo lo dice a continuación: “Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, además de lo que han visto en mí y el Dios estará con ustedes”. (Filipenses 4:9)
CRISTO COMO APOYO EMOCIONAL
Suena arriesgado –en estas épocas alborotadas- decir en voz alta que ninguna terapia humana, es capaz de sustituir la paz que brinda tener a Cristo en nuestras vidas.
Él mismo lo dijo con toda claridad: «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera». (Mateo 11: 28-30)
Obviamente esta reflexión no constituye de ninguna manera una invitación a negarse la atención profesional, que alguien pudiera necesitar por una condición específica. Pero sí a dejarse llevar por esa terapia verdadera que conduce a encontrar la paz del alma. Aquella que no es señal de debilidad, sino de humildad.
Reconocer que no hace falta estar en apuros para buscar a Cristo y entregarle lo bueno y lo malo que tenemos en nuestras vidas. Que nuestro formato de solución no sea acudir a Él solamente en las emergencias, sino fomentar nuestro trato diario con ese Amor Infinito, que nos espera sin prisas.
Imitemos nuevamente a San Pablo: “Al tener sin embargo a Cristo, consideré todas mis ganancias como pérdidas…”; “…A causa de Él ya nada tiene valor para mí y todo lo considero basura mientras trato de ganar a Cristo…” ( Filipenses 3:7-8)
En nuestro paso por este mundo no estaremos libres del dolor y el sufrimiento, pero aún esas cruces pueden servir para llenarnos de gozo, si sabemos mirarlas con los ojos de Cristo, sufrir como Él, reír como Él.
Que nuestro desafío diario sea aprender a mirar a través de Sus ojos.
JESÚS MÍO, ENSEÑAME A SUFRIR COMO TÚ LO HARÍAS.

