Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes; te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José, mi padre y señor, ángel de mi guarda: intercedan por mí.
La parábola de los primeros puestos
Nos cuenta el Evangelio de hoy que te invitaron a comer, Jesús, a casa de uno de los fariseos principales. Era un sábado —no lo dice el texto de hoy, pero sí sucedió después de curar a un hombre que se presentó necesitado de sanación—. Allí les dijiste que no buscaran los primeros puestos. Les contaste una parábola sobre aquellos que son invitados a una boda: si alguien se coloca en el primer lugar, puede llegar otro invitado más importante y el anfitrión le pedirá que se traslade, avergonzado, al último puesto.
En cambio, si uno se ubica en el último lugar y llega quien lo invitó, al verlo allí le dirá: «Amigo, sube más arriba», quedando bien delante de todos.
El afán de figurar
Quizá no vivamos exactamente esa escena en una fiesta de bodas —donde uno elige situarse cerca de los novios o en un rincón más discreto al fondo—, pero lo esencial es la actitud que tomamos ante los demás. Es evidente que a todos nos gusta el reconocimiento y que nos tengan en cuenta. Al final, ¿qué significa buscar el mejor lugar? Significa desear ser visto y reconocido. En el fondo, no se trata de obtener mayores ventajas prácticas —no creo que sirvan un menú distinto según la mesa—, sino de la necesidad de sentirse escuchado, mirado y valorado.
Recuerdo una visita guiada al Teatro Colón de Buenos Aires, un recinto con una acústica formidable. Al mostrarnos las distintas ubicaciones, el guía explicó que ciertos palcos cercanos al escenario no tenían la mejor acústica ni ofrecían la mejor vista panorámica. Sin embargo, eran lugares reservados para celebridades a los que no cualquiera podía acceder. ¿Por qué se elegían esos palcos si se oía y se veía peor? Porque permitían ser vistos por todo el público de la platea y de la herradura posterior, donde sí se escuchaba mejor pero se pasaba inadvertido. El guía comentaba que funcionaban como el «Facebook de la época»: un sitio para exhibirse en el espectáculo y lucir los vestidos.
Es llamativo: el verdadero propósito de acudir al teatro —apreciar la ópera y la función— quedaba en segundo plano por el afán de llamar la atención y ser admirado. Frente a eso, Tú, Señor, nos pides que, en vez de disputar el puesto de honor, busquemos el último lugar, «porque el que se humilla será enaltecido».
El examen cotidiano
Ahora que dedicamos este rato a conversar contigo y contemplar tu enseñanza, vale preguntarse: ¿en qué circunstancias cotidianas surge ese afán de protagonismo, de atraer las miradas o de ser el centro? Tal vez no ocurra en un gran banquete, pero sí en el día a día: empeñarnos en imponer nuestra anécdota, defender nuestro criterio o acaparar la conversación sin dar espacio a la perspectiva del otro. Ocurre en el hogar durante una comida en familia, en el trabajo con los colegas o al reunirnos con amigos.
¿Cuál debería ser nuestra actitud si queremos vivir tu palabra? Una actitud de servicio y de disponibilidad hacia los demás. Todo cambia cuando, en un diálogo o encuentro, buscamos sumar: prestando atención sincera, escuchando con empatía, eligiendo temas edificantes y cuidando el enfoque. La tendencia espontánea suele ser buscar la comodidad personal o lucirse ante los demás. Sin embargo, Tú no fuiste a la casa de aquel principal por estar en un ambiente confortable ni para recibir halagos, sino para servir, pues jamás rechazaste a nadie. Fuiste a transmitir la verdad, a dar luz y a guiar, aun a sabiendas de que a algunos no les agradaría la advertencia.
A veces podemos encontrarnos incómodos en ambientes donde proliferan las críticas o donde nos vemos tentados a sumarnos a murmuraciones. En esos momentos, Señor, queremos mantener la intención de servir, no cerrarnos y pensar en el prójimo. Escuchar con atención y ponerse en el lugar del otro nos convierte en instrumentos tuyos.

La mirada de Dios
Tal vez esto no genere un aplauso inmediato de la sociedad, pero Tú nos recuerdas que el humillado será ensalzado. La mirada decisiva es la de Aquel que nos ama incondicionalmente: Dios. Si por humildad o caridad callamos un comentario inoportuno o nos interesamos de corazón por los demás, seremos verdaderamente enaltecidos ante tus ojos. Mirarás con alegría el esfuerzo por sembrar el Evangelio, pues vivir el Evangelio es querer servir.
A menudo nos inquieta el «qué dirán» o si los demás nos aprueban. Sin embargo, quien nos ama de modo pleno e incondicional, y quien verdaderamente nos conoce, es el Señor. Si abrazamos su enseñanza, haremos presente ese amor en cualquier ambiente.
Pidámosle ayuda a la Virgen María, quien permaneció en un discreto segundo plano en las Escrituras a pesar de su grandeza, y desde ese lugar oculto realizó un bien incalculable. Ayúdanos, Madre nuestra, a vivir una humildad fecunda en el corazón y constructiva para quienes nos rodean, haciéndonos grandes a los ojos de Dios.
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido gracia para ponerlos por obra. San José, mi padre y señor, ángel de mi guarda: intercedan por mí.




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