Hablar con Jesús es hablar con un amigo. “Hablar con quien sabemos nos ama” decía santa Teresa de Jesús.
Hoy te escuchamos Señor hablar de amistad y de algo que se deriva de la amistad: pedir.
«¿Quién de ustedes que tenga un amigo y acuda a él a medianoche y le diga: —Amigo, préstame tres panes porque un amigo mío me ha llegado de viaje y no tengo qué ofrecerle, le responderá desde dentro: —No me molestes, ya está cerrada la puerta; los míos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos? Les digo que, si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos por su impertinencia se levantará para darle cuanto necesite.
—Así pues, Yo les digo: pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá; porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.
¿Qué padre de entre ustedes, si un hijo suyo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión? Pues si ustedes siendo malos, saben dar a sus hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?»
(Lc 11, 5-13)
Pedir. Pedir esperando recibir. Jesús nos habla de pedir. De que Él pide y nosotros pedimos. Casi es la tabla de conjugación: él pide, tú pides, nosotros pedimos… ¿Y por qué pedimos? Porque confiamos recibir ya que tenemos el respaldo de la amistad. La de Jesús con nosotros, nosotros con Él y entre nosotros.
A Dios le pedimos. No se trata de pedir tres panes, un pez o un huevo… sino, ¡pedir cosas grandes, cosas del alma! Pedir perdón, por ejemplo. Pedirle perdón a Dios. Como le decía Jesús a santa Faustina:
“Me deleitan las almas que recurren a mi Misericordia. A estas almas les concedo gracias por encima de lo que piden. No puedo castigar al pecador más grande si él suplica mi compasión…”
PEDIR ESPERANDO RECIBIR
Suplicar, pedir. Pero también pedir que me haga un alma de deseos, de grandes deseos, pedirle ser alma de Eucaristía, pedirle crecer en caridad, en comprensión… pedir. Pedir esperando recibir. Pedir, insistir.
“Tú Jesús sí que pides, insistes”.
Como con aquella joven que a los quince años comenzó a trabajar como empleada doméstica y de nuevo sintió muy fuertemente el llamado a la vocación religiosa, pero al hacerles esa petición a sus padres se la negaron. Varias veces pidió permiso a sus padres para entrar al convento; la misma santa relata una de estas ocasiones en el diario:
“El decimoctavo año de mi vida, insistente pedido a mis padres el permiso para entrar en un convento; una categórica negativa de los padres. Después de esa negativa me entregué a las vanidades de la vida sin hacer caso alguno a la voz de la gracia, aunque mi alma en nada encontraba satisfacción. Las continuas llamadas de la gracia eran para mí un gran tormento, sin embargo, intenté apagarlas con distracciones. Evitaba a Dios dentro de mí y con toda mi alma me inclinaba hacia las criaturas. Pero la gracia divina venció en mi alma”
(# 8).

SANTA FAUSTINA
Durante ese mismo año tuvo una experiencia que marcó su vida. Fue invitada a una fiesta junto con su hermana Josefina, en el parque de Venecia, en la ciudad de Lodz, Polonia:
“Una vez, junto con una de mis hermanas fuimos a un baile. Cuando todos se divertían mucho, mi alma sufría tormentos interiores. En el momento en que empecé a bailar, de repente vi a Jesús junto a mí. A Jesús martirizado, despojado de sus vestiduras, cubierto de heridas, diciéndome esas palabras: ‘¿Hasta cuándo me harás sufrir, hasta cuándo me engañarás?’
En aquel momento dejaron de sonar los alegres tonos de la música, desapareció de mis ojos la compañía en que me encontraba, nos quedamos Jesús y yo.
Me senté junto a mi querida hermana, disimulando lo que ocurrió en mi alma con un dolor de cabeza. Un momento después abandoné discretamente a la compañía y a mi hermana y fui a la catedral de San Estanislao Kostka.
Estaba anocheciendo, había poca gente en la catedral. Sin hacer caso a lo que pasaba alrededor, me postré en cruz delante del Santísimo Sacramento y pedí al Señor que se dignara hacerme conocer qué había de hacer en adelante”.
Así llegó a ser Faustina Kowalska: santa Faustina Kowalska a quien la Iglesia ha celebrado el lunes en algunos países y hoy en otros…
“Tú Jesús, pides y consigues… ella conseguirá empujada por tu petición. ¿Será que yo cedo ante lo que me pides, Señor? ¡Ojalá!”
LAS GRACIAS SE OBTIENEN CON AYUDA
Tú pides y nos animas a nosotros a pedir también. Por aquello que le decías a santa Faustina en otra ocasión:
“Las gracias de mi misericordia se obtienen con la ayuda de un único medio que es la confianza. Cuanto mayor es su confianza, más recibe el alma. Las almas de una confianza ilimitada me dan una gran alegría, pues vierto en ellas el tesoro entero de mis gracias. Me gozo en que esperan mucho, pues mi deseo es darles mucho, darles abundantemente. Por el contrario, me entristece que las almas esperen poco, que encojan su corazón”
(Diario Pequeño, n. 1578).
Te tenemos que pedir mucho, porque tienes deseos de darnos mucho. Con confianza, esa confianza que viene de la amistad, del trato contigo.
“Pedir… yo pido y pido y no me das lo que pido…
¿No que éramos amigos…?
Pido cosas razonables, buenas… pero nada…
Pero luego está aquello que le decías a santa Faustina Kowalska: Ella cuenta que te dijo
“-Jesús, ¿no eres Tú una ilusión? [y] Jesús me contestó: —Mi amor no desilusiona a nadie”
(Santa Faustina Kowalska, Diario, n. 29).
Tú sabrás porque no me das cuando te pido… Tú sabrás… porque no desilusionas a nadie… A mí tampoco, aunque me lleve un chasco cuando no me des lo que te pido. Eso sí, voy a seguir pidiendo”.
Pedir. Debo pedir amor. Eso me dará fe. Eso me dará fuerza… Pedir esperando recibir.
EL AMOR ES UN MISTERIO

Te comparto una última anotación de santa Faustina sobre esto:
“El amor es un misterio que transfigura todo lo que toca en cosas bellas y agradables a Dios. El amor de Dios hace al alma libre. Ella es como una reina que no conoce la coacción de la esclavitud. Emprende todo con gran facilidad, pues el amor que la habita le da la fuerza para actuar.
Todo lo que la rodea le hace comprender que sólo Dios es digno de su amor. El alma enamorada de Dios está sumergida en Él.
Va a su deber con las mismas disposiciones que a la Santa Comunión. Cumple la más sencilla tarea con un gran cuidado bajo la mirada amorosa de Dios.
No se altera cuando, después de algún tiempo, ve que no ha logrado algo.
Sigue en calma, pues en el momento de hacerlo, ha puesto lo que ha podido.
Cuando la abandona la presencia viva de Dios, esta presencia de la que goza casi sin pausa, trata entonces de vivir de pura fe. Esta alma comprende que hay momentos de reposo y momentos de lucha.
Por la voluntad, está siempre con Dios. Está ejercitada en el combate como un caballero, ve de lejos dónde se esconde el enemigo y está presta para el combate. Sabe que no está sola, Dios es su fuerza”
(Pequeño Diario, n. 889).
Pedir por amor. Aunque me parezca “que no he logrado algo”, aunque sienta que por no recibir respuesta me ha abandonado “la presencia viva de Dios”. En esos momentos ayúdame a “vivir de pura fe”, de puro amor, confiando…
“Madre nuestra, tú que eres la Omnipotencia suplicante, ayúdame a pedir. Y cuando no reciba, ayúdame a no desilusionarme, sino a seguir amando, a seguir confiando”.



Muy bueno
Muy bueno