HERODES: QUIERE CONOCER A JESÚS PERO NO VA
El evangelio de hoy es muy breve. Nos presenta solo un corto pasaje, una breve escena donde, cosa rara en la santa misa, el protagonista no es el Señor, no es Jesús, sino un personaje que aparece poco en el evangelio, pero que aparece para mostrarnos, diríamos, lo que no hay que hacer: es Herodes.
Herodes es un hombre que ha sido designado como rey, que está ahí como ejemplo de un hombre que es partidario de los enemigos y que aquí actúa como una especie de termómetro, como que muestra en distintos momentos lo que sienten muchos de los que estaban ahí.
Un termómetro porque nos indica esa temperatura del pueblo, que nos da una indicación qué es lo que piensa la gente por ahí.
Cuando aparece este personaje tan extraño Jesús, un predicador que hace milagros, Herodes se desconcierta, estaba muy desconcertado. Hay gente que le dice que es Juan que ha resucitado, otro día dicen que es Elías que se ha aparecido; es uno de los profetas antiguos que ha resucitado. Y Herodes piensa:
“A Juan lo hice decapitar, ¿quién es este del que oigo decir semejantes cosas? Y trataba de verlo”. (Lc 9, 9)
TESORO ESCONDIDO
Esas distintas noticias que le iban llegando hacían que él tuviera esa curiosidad por ver a Jesús. Pero es llamativo: no va a verlo, no se mueve; se queda de brazos cruzados o se queda al menos con esas ganas pero no va, no se mueve.
Uno podría hacer acá una ficción, uno podría pensar quizá si Herodes hubiese ido, si hubiese salido de su comodidad, del estado en el que estaba, si se hubiera decidido a ver a Jesús quizá se hubiese convertido. Pero no. No tuvo a nadie que lo ayudara.
Es como ese paralítico que estaba al borde de la piscina en que se encuentra con Jesús y le dice: -No tengo a nadie que me ayude; no tengo a nadie. ¡Qué pena! Ese paralítico no tenía a nadie, quizá Herodes tampoco tuvo a nadie que lo empujara, que lo ayudara a darse cuenta de que ir detrás de Jesús era lo mejor que le podía pasar en la vida.
QUE LOS DEMÁS VEAN A CRISTO EN MI
Muchas veces quizá en nuestra vida a nosotros nos puede haber pasado que hemos oído hablar de Jesús, que hemos visto algún mensaje, alguna noticia, alguna cosa por ahí, pero eso no nos interpela, no nos impulsan a querer conocer un poco más.
Sin embargo, cuando hemos visto a alguien convencido, alguien que ama a Jesucristo, alguien que nos habla desde el corazón y que nos cuenta su propia experiencia, cómo cambia la cosa, cómo cambia ese deseo que surge dentro de nosotros por ir a ver a Jesús, por conocer a Jesús.
Es como cuando uno ve a una persona que está enamorada, que se ha enamorado hace poco y que todo el día piensa en esa persona de la que está enamorado o enamorada. Que come, que piensa, que estudia, que trabaja siempre pensando en esa otra persona y cuando habla de ella o de él se le ilumina la cara, cambia su forma de decir, su forma de actuar, porque todo está impregnado de ese amor.
Con el Señor puede pasar lo mismo. Cuando uno ve a una persona que está de verdad enamorada de Dios, enamorada de Jesucristo, su vida cambia y su forma de hablar de Dios, su forma de comunicar lo que es el Señor, cambia; se nota.
¿ES CRISTO TU TESORO?
San Josemaría en ese libro Camino, el segundo punto de Camino de hecho, de las primeras cosas que nos dice es lo siguiente: Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo.
Y podríamos añadir, porque es parte de lo mismo: -Ojalá que todos cuando te vieran, te oigan hablar, puedan decir: ese está enamorado de Jesucristo, porque lee su vida, porque lo conoce y porque se ha enamorado de Él.
Y tú y yo, ¿estamos enamorados de Cristo? ¿Podemos decir que los demás ven a Cristo en nosotros?
Cuentan que una persona una vez estaba dando una charla a un grupo de jóvenes y estaba hablando de Jesucristo y les estaba diciendo que el Señor nos llamaba a ser levadura en medio de la masa; les estaba hablando con compasión, no necesaria mente así como de modo extravagante, pero sí con mucho cariño.
Y ahí entre, los oyentes, uno al final se acerca al que estaba dando la charla y le dice –se le deben haber atravesado las palabras porque dice: -Yo también quiero ser legumbre (en vez de levadura, legumbre). Bueno, al ver esa pasión que estaba en el otro, dice: -Yo también quiero ser eso que tú eres.
EL LLAMADO A SER APÓSTOLES
A nosotros el Señor nos llama a mover a otros a vivir así, no por táctica, sino por convencimiento, porque nosotros hemos descubierto un gran tesoro y queremos compartirlo.
Es una necesidad del cristiano, al descubrir ese gran tesoro que hemos recibido, tener esa necesidad de comunicarlo a otros, de pegárselo a otros. Eso, lo mejor que me ha pasado en mi vida, haber descubierto a Jesucristo, tener a Jesús en nuestra vida, queremos que otros también tengan esa experiencia.
Es lo mejor que le puede pasar a alguien. Por eso queremos que el nombre de Jesucristo, su persona, todo, llegue a mucha gente, llegue a muchas personas. El llamado a ser apóstoles es una necesidad para nosotros.
Pienso que nos puede servir tomar como punto de partida ahora esa parábola que nos dice Jesús en el evangelio, la parábola del tesoro escondido en el campo: el reino de los cielos es como ese tesoro que una persona descubre, vende todo lo que tiene para poder llegar a ese tesoro.
Una vez que está ahí, podemos alargar un poco la parábola, podemos decir que esa persona se da cuenta de que ese tesoro es tan grande que no lo puede disfrutar solo y que necesita compartirlo, necesita llevarlo a otros. Y se va dando cuenta de que cuando comparte ese tesoro se multiplica, ese tesoro empieza a llenarse mucho más y a dar mucho más.
EL TESORO CRECE
Ese tesoro crece y puede llegar cada vez a más gente. Es un milagro; un tesoro que se multiplica. Porque eso, así es el Señor, así es la gracia de Dios, así es el amor de Dios.
Apóstoles, testigos, personas que se preocupan de comunicar a los demás su propia fe. Esto es lo que el mundo necesita: apóstoles que comienzan por ellos mismos, que comienzan preocupándose a ellos mismos.
A la madre Teresa de Calcuta una vez le preguntaban cómo cambiar el mundo y ella decía: -Comienza por ti mismo. Partir por nuestra vida de oración, preocuparnos de nuestro trabajo, de lo nuestro. Y ahí mismo en nuestra oración, en nuestro trabajo ir pegando ese amor de Dios, ese testimonio y tesoro a otras personas.
Miremos a nuestra Madre santísima. Ella reina a los apóstoles. Le pedimos a ella que nos vaya dando esa fuerza, esa gracia para poder ir pegando esa locura del amor divino a todas las almas como ella lo hace, como ella lo hizo y lo sigue haciendo.



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