Oración Inicial
«Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José mi padre y señor, Ángel de mi guarda, intercedan por mí.»
La Verdadera Corrección Fraterna
Escuchamos a Jesús pronunciar aquellas palabras que han dado lugar al concepto de corrección fraterna: ese hablar con cariño a una persona para alertarle de un mal que está haciendo y del que, probablemente, no es consciente. Dices, Jesús: «Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano».
Como suele pasar con este tipo de cosas, pensamos en aquellos a quienes nosotros podríamos decirles un par de verdades. Pero creo que lo más sano y honesto es voltear a ver para adentro. El primer necesitado de corrección soy yo. Seguramente Dios, Tú, Señor, quieres corregir muchas cosas en mí.
El Cuento del Telegrama
Dicen que Arthur Conan Doyle, el ingenioso autor de las novelas de Sherlock Holmes, se divirtió mucho con una broma que le gastó a doce de sus amigos. Todos ellos eran hombres buenos y muy respetados. Resulta que le envió a cada uno el mismo telegrama que decía:
«Huyan de inmediato, todo ha sido descubierto.»
En menos de 24 horas, los doce hombres de buena reputación habían huido del país. No importa lo buena que sea nuestra reputación o la imagen que tengamos de nosotros mismos; todos tenemos cosas de las que nos avergonzamos, que esperamos que nadie sepa y que deberíamos corregir. Así que no pienses en otros, piensa primero en ti mismo y date cuenta de que necesitas ayuda de quienes te rodean y de Dios, por supuesto. No para que te machaquen, sino para que te hagan ver lo malo y te ayuden a superarlo.
La Ternura de Dios ante Nuestras Faltas
Mira que de Santa Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia, se cuenta que en cierta ocasión, sintiéndose abrumada por el peso de sus faltas, se decía a sí misma: «Qué mala soy, Señor, qué mala soy». Ante esto, Jesús le respondió con ternura:
«No digas eso, hija mía, porque si dices que eres mala, me ofendes, pues yo te he creado.»
Con estas palabras, el Señor nos enseña que no debemos quedar atrapados en la culpa ni en el desprecio hacia nosotros mismos o hacia los demás, sino que debemos acoger con humildad nuestra verdad y la verdad del otro, confiando plenamente en su misericordia y reconociendo siempre la dignidad que Él nos ha dado.
Por ahí comienza el reconocimiento de nuestras faltas y la corrección fraterna que podamos hacer a otros. Dios quiere ayudarnos porque nos ama, y si fuéramos a corregir a alguien, sería con ese mismo motivo: ayudarles por cariño.
La Historia de los Clavos y las Cicatrices
Todos tenemos nuestra propia carga de miserias y pecados. Hay quienes no son tan personales, porque se pasan llevando de encuentro a quienes les rodean; ellos bien nos podrían hacer mil correcciones fraternas. Recuerdo aquella historia de un muchacho que tenía muy mal carácter. Su papá le dio una bolsa de clavos y le dijo que, cada vez que perdiera la paciencia o insultara, debería clavar un clavo detrás de la puerta.
Descubrió que era más fácil controlar su genio que clavar clavos. Llegó el día en que pudo controlar su carácter durante todo el día. Su papá le sugirió entonces que retirara un clavo cada día que lograra mantener la calma. Los días pasaron y el joven pudo finalmente anunciar que no quedaban más clavos para retirar. Entonces, su papá lo tomó de la mano, lo llevó hasta la puerta y le dijo:
«Has trabajado duro, hijo mío, pero mira todas las marcas en la puerta. Nunca más será la misma. Cada vez que tú pierdes la paciencia, dejas cicatrices exactamente como las que aquí ves.»
Tú puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero el modo como se lo digas le devastará, y la cicatriz perdurará para siempre. Una ofensa verbal es tan dañina como una ofensa física. Así es, y hemos hecho daño. Es más, nos hemos hecho daño a nosotros mismos haciendo daño a los demás.
Reparar el Daño: El Sacramento del Perdón
¿Cómo reparar tanto daño? Tenemos la suerte de que sigues hablando, Jesús, porque dices: «Les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo».
Aquí ya no estás hablando de corrección, sino de perdón. Porque el pecado ata con lazos difíciles o imposibles de desatar. Pero resulta que Tú te has inventado unos medios para romper o desatar esos lazos: con el bautismo, con la confesión, con un buen acto de contrición. Las cadenas se rompen y nos liberamos de tanta carga que llevamos. Basta con el arrepentimiento, con pedir perdón y querer cambiar.
Dios, a través de su Iglesia, arde en deseos de perdonar y ayudarnos a corregir. Hace poco leía dos comentarios que me encantaron:
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“La gracia de Dios es terca. Si encuentra cerrada la puerta de la calle, entra por la ventana.” Dios busca la mínima excusa para romper mis cadenas.
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“Mientras el arrepentimiento anda a su lento paso, la misericordia corre, vuela, precipita las etapas, anticipa el perdón, manda adelante, como un heraldo, la alegría.”
Dios tiene prisa en perdonar, prisa en amar, prisa en devolverme la alegría y la paz. Acudamos al Sacramento del Perdón; ahí se romperá el pecado con todas sus ataduras.
El Perdón en «The Chosen»
Termino este rato de oración con el diálogo entre Jesús y María Magdalena en la serie The Chosen. Ella se ha descarrilado y Pedro y Mateo la han ido a buscar. Vuelve con mucha pena y la llevan a la tienda donde se encuentra Jesús. Lo que tiene lugar ahí es una confesión, tal cual.
La Magdalena empieza diciéndole: — “No sé qué decir.” — “No necesito mucho”, responde Jesús. — “Es que siento tanta vergüenza. Me redimiste y yo lo tiré todo por la borda…” Jesús le dice con una sonrisa: — “No sería mucha redención si se pudiera perder en un día, ¿verdad?” Ella continúa: — “Te lo debo todo. Simplemente no creo que pueda hacerlo. ¿Estar a la altura? ¿Pagarte? ¿Cómo pude irme? Ni siquiera regresé por mi cuenta, tuvieron que venir a buscarme. No puedo estar a la altura de esto.”
Jesús le responde: — “Bueno, eso es cierto. Pero no tienes que estarlo. Yo solo quiero tu corazón. El Padre solo quiere tu corazón. Danos eso, que ya tienes, y lo demás vendrá con el tiempo. ¿De verdad pensaste que nunca más ibas a luchar o a pecar? Algún día no será así, pero aquí no.” — “Lo siento tanto… Mírame…”, dice ella, sin atreverse a levantar la vista. — “No puedo. Sí puedes. Mírame. Te perdono. Ya pasó.”
Y se funden en un abrazo envidiable.
Conclusión
Pienso que así nos corrige Dios: perdonándonos, queriéndonos. Ya después viene lo demás. ¿Sabes qué otro detalle hay en esa escena? Que es María la que recibe a la Magdalena, la acompaña hasta la tienda de Jesús y entra con ella. No se le separa, y su presencia le anima a hablar.
Tú y yo no nos separemos de María, nuestra Madre.
Oración Final
«Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía inmaculada, San José mi padre y señor, Ángel de mi guarda, intercedan por mí.»





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