Los discípulos de Juan el Bautista pensaban que era:
“un exceso de generosidad de su maestro, que «se pasaba» de humilde. Querían a Juan; él les había descubierto el camino de Dios”
(Vida y misterio de Jesús de Nazaret, II. El mensaje, José Luis Martín Descalzo).
Pero resultaba que desde que apareció el Nazareno, Juan iba perdiendo terreno. Y a él no parecía molestarle lo más mínimo.
“Juan había aceptado su misión con el más absoluto de los radicalismos. Él era simplemente un precursor, y la misión del precursor es anunciar y desaparecer.
Él no podía oscurecer a Cristo, pero ni siquiera debía desviar la atención de él ni un solo minuto.
Si Juan se hubiera convertido en compañero y aun en discípulo de Cristo, habría sido para él una sombra, un segundo de abordo. Y Jesús tenía que ser el primero, sin segundos.
Por eso, cumplida su misión, ya sólo le faltaba prepararse para morir.
“Tengo para mí —escribe san Juan Crisóstomo— que por eso fue permitida cuanto antes la muerte de Juan, para que, quitado él de en medio, toda la adhesión de la multitud se dirigiese hacia Cristo, en vez de repartirse entre los dos”
No es fácil este eclipse voluntario. Hace falta una vertiginosa humildad para no aspirar siquiera a ver el triunfo del anunciado.
PREPARAR EL CAMINO
El amigo del esposo no esperó ni siquiera a la boda. Se sentía suficientemente alegre con saber que el esposo había llegado al mundo.
Él había venido a preparar el camino, no para marchar por él. No se sentía digno de desatar las sandalias de Jesús, no se atrevía ni a ser su discípulo, siendo como era muy superior a los doce. Se vació, se escondió, disminuyó para que él creciera.”
“La muerte iba a llegarle de manos de la lujuria y la frivolidad de Herodes Antipas”. Este reyezuelo con su vida desordenada y sus complots pensaba que tenía todo bajo control. Pero se le había escapado una cosa, aunque no algo sino alguien.
No contaba Herodes con Juan el Bautista. “No podía dejar que su voz siguiera clamando contra él a las mismas puertas de su palacio.
Optó por dejarle vivo y amordazar su voz, sepultando al profeta en los fosos de su castillo de Maqueronte”.
Y es que Juan era un profeta. “El profeta es alguien que tiene el coraje de decir la verdad y el mundo no puede soportar tamaña osadía.

EL MÁS VALIENTE DE LOS VALIENTES
Es natural, es inevitable que el mundo se vengue y que el destino del profeta sea la muerte. Juan, el más grande de ellos, viviría este destino hasta el fondo.
Pero pasaría antes diez meses en las mazmorras del castillo.”
El profeta es humilde, pero no es apocado. Al contrario, es el más valiente de los valientes. El que dice las verdades sin tapujos. Por eso Juan le decía que no le era lícito estar con Herodías, la esposa de su hermano Filipo.
Lo siguió afirmando en las mazmorras. Herodes lo escuchaba. Herodías lo odiaba. Pensaba la forma de deshacerse de él.
Hasta que llegó el cumpleaños de este rey disoluto… Porque la escena que consideramos hoy tiene lugar en el cumpleaños de Herodes.
Conozco a uno que cumple años hoy, él dice que su cumpleaños es el día del Martirio de Juan el Bautista, los demás (con maldad) le decimos que cumple años el mismo día que Herodes.
¡Por supuesto que no le gusta! Porque nadie quiere tener algo en común con Herodes…
Pero volvamos a la escena de la celebración del cumple de Herodes. Herodías le pidió a su hija Salomé que bailara para el rey.
“Bailar era en aquellos tiempos oficios de esclavas y prostitutas. Una mujer honrada podía, cuando más, bailar en una fiesta religiosa o en las danzas semirrituales de una boda.
Pero no bailar sola y ante un grupo de hombres. Tal vez por eso fue la sorpresa lo primero que sacudió a los comensales, al ver aparecer en el tablado a aquella adolescente con aires de reina.
SALOMÉ
«¿Quién es?, ¿quién es?», se preguntaron. Y el nombre de Salomé corrió de boca en boca entre los invitados” (…)
“El tetrarca estaba al mismo tiempo tembloroso, pálido, aterrado y entusiasmado. El corazón le palpitaba agitado.
Le parecía ver a Herodías en el esplendor de la juventud y se sentía enloquecido por aquellos ojos color de mar y por el ritmo de aquellos brazos retorciéndose como llamas en el aire.
Y no pudo contener el grito que se le escapó de los labios:
“Pídeme lo que quieras y te lo daré.” (Mc 6-22)
Y prorrumpió en todo tipo de juramentos:
Y le juró: Te lo daré, aunque me pidas, hasta la mitad de mi reino.”
(Mc 6-23)
O sea, su falta de continencia le salió hasta por la boca…
Lo que ocurrió fue desagradable. Ella pidió, aconsejada por su madre, que le trajeran la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja. Y así se hizo.
NOSOTROS SOMOS LOS TIEMPOS

Hay gente que piensa que los tiempos de hoy son malos. Que el ambiente en las discotecas, en las fiestas, en los bares es terrible. ¡Que no sabemos a dónde va a ir a parar el mundo!
Te recuerdo unas palabras de san Agustín:
“Dicen que los tiempos son malos, difíciles. Vivamos bien y los tiempos se volverán buenos. ¡Nosotros somos los tiempos! ¡Los tiempos son lo que somos nosotros!”
(Serm. 8, 8).
Los tiempos de Herodes con sus bacanales eran tan malos como los que piensas que vivimos hoy.
Pero mira que en aquel tiempo estuvo Juan el Bautista, y sus tiempos fueron buenos. Hizo mucho bien y conquistó el paraíso para él y para muchos. Tú, ¿qué haces?
“La Iglesia antigua comentaba siempre con emoción esta escena patética y veía en ella el símbolo de la terrible batalla de este mundo, en el que el mal parece vencer muchas veces al bien”.
Pero ojo: “parece”. No es así, pero a veces parece.
Como decía san Josemaría:
“el reino de Jesucristo no es de este mundo; por eso, es posible que tantas veces parezca que triunfa aquí el enemigo de Dios.
Pero este pensamiento no nos ha de llevar a la inercia, al abstencionismo (…): no nos ha de retraer, refugiándonos en la inhibición,
sino al contrario, nos ha de impulsar a trabajar más y a hacer el propósito firme de no adormecernos”
(Carta, 30-IV-1946).
LUCHEMOS HASTA EL FINAL
El bien siempre triunfa. Antes o después, pero siempre triunfa. El bien tiene la última palabra.
Decía san Josemaría en otra ocasión:
“si sois fieles, podréis llamaros vencedores. En vuestra vida no conoceréis derrotas. No existen fracasos, si se obra con rectitud de intención y queriendo cumplir la Voluntad de Dios.
Con éxito o sin él hemos triunfado, porque hemos hecho el trabajo por Amor”.
Juan luchó así. Y venció. Tú ¿qué haces?
Sigue el consejo de santa Teresa del Niño Jesús:
“¡Hay que luchar! ¡Luchar hasta el final! Incluso sin esperanza de vencer. Incluso en plena derrota. ¡Hasta la muerte! ¡Combatamos sin tregua! Incluso sin esperanza de ganar la batalla. ¿Qué importa el éxito?”
(cit. en Amor y Autoestima, Michel Esparza).
Nosotros, como Juan, estamos en la misma lucha. Lucharemos hasta el final y seremos llamados vencedores. Recibiremos la corona de la gloria.
Ahí veremos a nuestra Madre. Llena de la gloria de Dios. Vencedora.
“Vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas” (Ap 12,1).



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