Hoy celebramos la fiesta del Apóstol Santiago, Santiago el mayor. Pienso que vale la pena detenernos un momento a considerar su vida. Porque como la vida de todos nosotros, en la tuya y en la mía, hay luces y sombras. Al final, la acción de Dios, por intercesión de la Virgen, es más fuerte en sus luces que en sus sombras.
¿Recuerdas cómo comenzó la vida de Santiago junto a Jesús? Fue de lo más normal. Mientras el Señor iba caminando a orillas del mar de Galilea, se encontró con una escena cotidiana: unos pescadores estaban remendando las redes, eran dos hermanos, Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo. Estaban ocupados en lo suyo, después de la faena de la pesca y en medio de esa vida tan normal, se fijó en ellos y los llamó.
“Ellos al instante, dejándolo todo, lo siguieron”
(cfr. Lc 5, 11).
Ahí empezó para Santiago y para Juan una historia muy bonita. La de Santiago corta, pero muy intensa; la de Juan larga, pero también muy intensa.
La de Santiago fue tan intensa que fue el primero de los apóstoles en morir por Cristo. Como si Tú, Señor, te lo hubieras querido llevar pronto para tenerlo cuanto antes a tu lado.
En cambio, quisiste que su hermano Juan, paradójicamente, recorriera el camino aparentemente opuesto. A Juan le tocó vivir muchos años y es el único de los doce apóstoles en morir de muerte natural, sin sufrir el martirio.
Un hermano, el primer mártir, el otro hermano, el último en morir sin ser mártir. Pero en el fondo, a los dos, Jesús les pide lo mismo, una entrega total, como nos la pide a ti y a mí, porque nos lo pide a todos, una entrega total. Cada uno lo vivimos de manera diferente.
HIJOS DEL TRUENO
En el caso de estos dos hermanos eran de carácter fuerte, eran apasionados, no por nada, Jesús los llamaban los “hijos del trueno”, porque tenían mucho ímpetu. Y tú, Señor, no les quitas ese ímpetu, sino lo encausas hacia el servicio.
Hay una ocasión en el Evangelio en que su mamá se acerca a Jesús y le pide para sus hijos los mejores puestos. El Señor les cambia completamente la perspectiva, les explica que estar con Él no consiste estar por encima de los demás, sino en servir, en ponerse en último lugar.
Es una manera de ver que rompe con lo que a todos nos sale como de manera muy natural, con esa naturalidad de hombres caídos, aunque redimidos por la gracia, pero de todas maneras tenemos esa tendencia a estar en primer lugar, a querernos siempre salir con la nuestra…
Sin embargo, Tu Señor, nos das ejemplo con tu vida y nos invitas a esa vida de libertad como la tuya, que no la entiendes como imponerse a los demás, sino como servicio.
Ahí es donde la libertad se llena de sentido, porque el sentido viene del amor y eso es lo que hace con Santiago y con Juan. Les abre la cabeza, les abre el corazón, algo mucho más grande de lo que sentían, de lo que conocían, no sólo para ser pescadores de hombres, sino también para vivir para los demás.
Vivir para todos los demás hombres, para esos hombres a los que precisamente van a pescar a través del servicio, de la entrega.
La vida de Santiago pasa como un relámpago, la vida de Juan, como un rayo. El relámpago es rapidísimo, es una luz intensa que ilumina mucho en poco tiempo.
SEMILLA PARA LA IGLESIA
Santiago, después de la resurrección de Jesús, se pone en camino para llevar a Cristo hasta los límites del mundo conocido, hasta Finisterre, allá por Galicia. Luego vuelve a Jerusalén, donde su sangre termina siendo semilla para lo que empieza después, para el comienzo de la Iglesia.
Juan, en cambio, tiene un ritmo distinto, más parecido al trueno que llega después del relámpago, pero que retumba en toda la tierra. Juan tuvo tiempo de pensar, de profundizar en todo lo que había vivido con Jesús y de ahí salen sus Evangelios.
Pues, relámpago y trueno van juntos. No se entienden el uno sin el otro. Así eran estos dos hermanos mientras estuvieron con Jesús, caminaron juntos y después cada uno siguió su camino; anunciando lo mismo, pero cada uno a su manera.
Santiago sigue siendo hoy día el paradigma de ver la vida como un camino, como una peregrinación que nos lleva hacia el cielo. Como un camino que nos invita a salir de lo cómodo en busca de ese sentido de la vida.
Juan, por su parte, nos recuerda algo esencial: que no todo es moverse, no todo es hacer, que el camino pierde su sentido cuando deja de estar apoyado en el amor de Cristo.
Hay algo más en la vida de Santiago, que es también paradigmático, a pesar de que sabemos poco de él y de que no dejó escritos ni se recoge una sola palabra suya en los Evangelios.
SANTIAGO EL MAYOR

Sin embargo, de entre los doce apóstoles hay otro Santiago, tenía un tocayo. Un tocayo que aparece muchísimo más, fue el primer obispo de Jerusalén, fue llamado hermano del Señor, porque, muy probablemente, era su pariente. Tuvo mucha autoridad, dejó muchos escritos. Sin embargo, sorprende que, aun así, la tradición haya llamado “el mayor” al hermano de Juan y a este, “el menor”.
Llamó “el mayor” al que sabemos menos, pero tiene sentido cuando se entiende el camino que siguió. Santiago se hace grande, viviendo como Jesús le enseñó: sirviendo, entregándose, dando la vida, como esa imagen evangélica del grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto. Así pasó con él.
Su vida tan breve, en apariencia, terminó dando un fruto enorme que sigue llegando a todos los rincones hoy.
En medio de toda esta historia de estos dos hermanos, aparece también la Virgen María, muy cercana a los dos de maneras diferentes. De Juan, pues evidentemente muy cercana, porque es a quien Jesús, desde la cruz, se lo encargó: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26), le dijo a María, refiriéndose a Juan.
Y con Santiago también es un ejemplo de que María nos acompaña en el camino. ¿Qué fue lo que ocurrió en la vida de Santiago? Hay una tradición que narra cuando fue a evangelizar a Finisterre, a lo que hoy es Galicia. Ese lugar donde el Evangelio hoy está muy arraigado, pero en aquel entonces, apenas se encontraba con las personas.
LA VIRGEN DEL PILAR

A Santiago, la tradición lo recuerda así, caminando, hablando, intentando una y otra vez, hasta que el cansancio pesó más que la ilusión. Justo cuando tuvo la tentación, tan humana, de dejarlo todo y volverse, irrumpe la escena de la Virgen del Pilar.
En la noche, junto al río Ebro, se le aparece María: le dice, le invita a que no abandone, le recuerda que no está solo, que no se apure, que el Señor lo va a ayudar.
Y bueno, es un momento que conecta con una experiencia tan actual en nuestras vidas, que es la experiencia del desánimo. Que no surge solo por el cansancio, sino quizás por algo más peligroso que es como esa enfermedad del alma.
O esa tentación del diablo que nos insiste en que no somos suficientes, en que hemos fallado demasiado. Cuando nos pesa más la vergüenza que el propio error y uno termina por detenerse, no porque no pueda seguir, sino porque pierde la esperanza. Porque piensa que ya no vale la pena intentarlo.
Bueno, pues Santiago, en medio de su aparente fracaso, se pudo haber quedado allí y, sin embargo, María del Pilar lo sostiene en su fragilidad. Es una escena muy bonita porque la Virgen también nos sostiene. Ella es nuestro pilar, nuestro soporte firme que nos recuerda que nuestra fortaleza no consiste en no tener grietas, sino en aprender a caminar con ellas sin dejar de avanzar.
LA ALEGRÍA DE CRISTO
Que quien se apoya en ese pilar de su filiación divina, en esa roca firme y fuerte, descubre que la alegría no nace de hacerlo todo bien. Sino de saberse sostenidos por Cristo. Desde ahí, poco a poco, nuestra vida va reencontrando el camino.
Nuestra lucha reaparece con todo su sentido y el seguimiento de Cristo se convierte en algo muchísimo más profundo. Porque sabemos que, como decía San Pablo: “ya no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí” (cfr. Gl 2, 20).
Vamos a terminar como siempre recordando a Santa María en su advocación de la Virgen del Pilar, para que también ella nos sostenga, que nos invite, nos recuerde a volver una y otra vez a ese punto seguro.
Y que nosotros nos dejemos sostener y seguir caminando, aunque el camino a veces cueste, sabiendo que nunca se recorre en soledad, sino siempre de la mano de la Virgen.
¡Santa María, ruega por nosotros!



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