Jesús, hoy quiero comenzar este rato de oración con una pregunta: ¿Qué ejemplos pondrías hoy para hablarnos del Reino de los Cielos? Porque en el evangelio de hoy haces precisamente eso. No das una definición. No dices “el Reino de los Cielos es…” No, dices:
«El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y lleno de alegría va, vende todo lo que tiene y compra el campo.
El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor, se va, vende todo lo que tiene y la compra
El Reino de los Cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces»
(Mt 13, 44-47).
“Señor, dices: se parece”.
Jesús utilizaba las imágenes para que entendiéramos mejor. “Señor, aterrizas las cosas. Y lo haces así para llevarnos desde lo que conocemos a lo que quizá todavía no hemos descubierto.
Por eso, Señor, me pregunto si hoy caminaras por nuestras calles, si entraras en una universidad, en una oficina, en un hospital, en un centro comercial, en un barrio cualquiera, ¿con qué compararías el Reino de los Cielos?
Quizá dirías: ‘el Reino de los Cielos se parece a ese hijo que después de muchos años decide volver a llamar a su mamá. O se parece a un matrimonio que cuando parecía que todo estaba perdido, vuelven a empezar.
Quizá dirías: el Reino de los Cielos se parece a ese muchacho que decide dejar una vida doble y empezar a vivir con verdad; al joven que descubre que vale mucho más que los likes que recibe. O a ese profesor que enseña con pasión; a un médico que mira a los ojos antes de mirar la pantalla. A un empresario que renuncia a ganar más porque no quiere ser injusto; a una persona que encuentra cinco minutos para entrar a una iglesia y decirte: Jesús, aquí estoy”. Y muchos ejemplos más.
Porque el Reino de los Cielos siempre empieza así: pequeño, silencioso, casi escondido, como un tesoro.
ALGO MÁS GRANDE
“Jesús, siempre que he meditado este pasaje del evangelio, lo que más me llama la atención es aquel hombre que encuentra el tesoro y de una va y vende todo, lleno de alegría. No vende todo por obligación, no vende porque alguien lo amenace, no porque sea un sacrificio heroico; no, lo hace porque descubrió algo mejor, eso que le cambia la vida.
A veces nosotros podemos pensar que seguirte a Ti, Jesús, consiste en renunciar a cosas, a situaciones, a personas y no. Seguirte a Ti consiste en haber encontrado algo infinitamente más grande”.

Nadie llora por vender unas piedras cuando acaba de encontrar un diamante. O nadie se lamenta en dejar una vela con la que alumbra su habitación cuando amanece el sol. Sería absurdo.
El problema no es lo que dejamos, el problema es que muchas veces todavía no hemos descubierto y encontrado el tesoro.
Yo me lo pregunto ahora en este rato de oración: “Señor, ¿yo ya encontré mi tesoro?”
EL INFIERNO
He estado releyendo un libro estos días que lleva un título llamativo: “Lo que el infierno no es”. Está inspirado en la vida de don Pino Pullici, un sacerdote que vivió en un barrio dominado por la mafia. Un lugar donde parecía imposible que Dios pudiera entrar. Y, sin embargo, poco a poco, con gestos sencillos, con amistad, con educación, con cariño, con paciencia, el Cielo empezó a abrirse paso en ese barrio.
Hay un momento del libro que describe el infierno con imágenes muy fuertes, pero muy reales. Dice, por ejemplo:
“El infierno es el hambre que nunca se sacia. El niño herido por dentro. Una madre obligada demasiado pronto a perder su dignidad. Una calle sin árboles, sin escuelas, sin lugar para conversar. El infierno es no atreverse ni siquiera a levantar la mirada hacia las estrellas”.
“Jesús, mientras preparaba la meditación y me acordaba, sobre todo de ese pasaje donde el autor italiano va describiendo lo que el infierno supone en ese barrio, pensaba: el infierno no empieza solamente después de la muerte”.
El infierno empieza aquí, puede empezar aquí. Cuando desaparece la esperanza, cuando dejamos de creer en las personas, cuando nos acostumbramos al egoísmo, cuando pensamos que el mal tiene la última palabra.
Pero comprendí otra cosa: si eso puede comenzar aquí, el Cielo también puede comenzar aquí. Porque el Reino de Dios no es únicamente una promesa para después de la muerte, ya es una realidad que ha empezado. ¿Cuándo? No sé. Por ejemplo, cada vez que alguien perdona, el Reino aparece. Cada vez que alguien sirve sin hacer ruido, ahí está el Reino. Cuando un joven decide vivir limpio de corazón, allí está el Reino de Dios. Cada vez que alguien visita un enfermo, una familia que vuelve a rezar unida, junta…

Señor, el Cielo ya está aquí, el Cielo ya empezó.
Quizá el problema es que esperamos encontrar el Reino como quien espera un espectáculo y Jesús habla de un tesoro escondido. Está escondido, hay que descubrirlo. Hace falta una mirada nueva, la mirada de la fe.
“Señor, al terminar este ratico de oración, vuelvo a hacerte la misma pregunta con la que empecé: Si hoy quisieras hablarme del Reino de los Cielos, ¿qué ejemplo usarías conmigo? ¿Con qué realidad de mi vida me sorprenderías? ¿Dónde me dirías que ya estás reinando y yo todavía no me he dado cuenta? ¿Qué campo tendría que comprar, qué perla tendría que elegir? ¿Qué tendría que dejar con alegría, porque ya encontré algo infinitamente mejor?”
Vamos a pensarlo, vamos a meditarlo, vamos a conversarlo con el Señor.
“Señor y vamos a por lo positivo, aunque también puede servir identificar dónde está el infierno en nuestra vida y cómo podemos dejar que se abra paso el Reino de los Cielos.
María, tú viviste toda tu vida dentro del Reino de Dios, enséñanos a reconocerlo cuando aparece escondido en las cosas más normales y ordinarias de la vida. Y ayúdanos a hacer que allí donde vivimos, trabajamos, allí donde amamos, haya siempre un poco más de Cielo y un poco menos de infierno.



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