Entre los personajes del Evangelio que siguen a Jesús hay gente de todo tipo. Están los apóstoles, que muchos de ellos eran pescadores, que se dedicaban a sacar peces del lago para venderlos y para ganarse ese sustento diario. Había recaudadores de impuestos como san Mateo. También personas más mayores como Nicodemo o esos sacerdotes o escribas que seguían al Señor.
Había jóvenes como san Juan que eran adolescentes que estaban aprendiendo ese oficio de pescador. Hombres grandes, hombres sencillos. Había un grupo de mujeres también que seguían al Señor y es llamativo que hay algunos personajes que aparecen muy poco en el Evangelio que tienen una, dos, tres escenas pero que son tan importantes y tienen tanta devoción entre los cristianos.
Uno puede pensar en esos apóstoles que no hablan en el Evangelio, san Judas Taddeo o Simón. También en esa personas que acompañaban a Jesús o quizá no lo acompañaban todo el rato, santa Marta, por ejemplo, una mujer que era una amiga de Jesús pero que aparece dos o tres veces en todo el Evangelio. Y hay uno de esos personajes que justo hoy celebramos su fiesta que también ha marcado de modo decisivo a la historia de la Iglesia y que aparece un par de veces solamente y ese personaje es María Magdalena.
UNA VIDA DE ENTREGA TOTAL
Una mujer de la cual dice uno de los evangelistas que habían salido siete demonios y es como un ícono para hablar de conversión, de cambio de vida. Cuántas personas al contemplar la experiencia, esos pasajes del Evangelio en los que aparece María Magdalena han recuperado su esperanza, han vuelto a la fe, se han acercado al Señor. Pedimos por todas esas personas que están buscando su camino hacia el Señor para que como María Magdalena logren encontrar la verdadera felicidad que está en el seguimiento de Cristo.
Pero María Magdalena no sólo fue una mujer que se convirtió, ese fue sólo el comienzo. Santa María Magdalena nos habla sobre todo de un amor perseverante. María había comenzado de ese modo espectacular, de ahí habían salido siete demonios, pero luego tuvo una vida de entrega total al Señor desde las sombras. Eso, ese seguimiento perseverante y constante, fue lo que la hizo santa.
Su comienzo fue muy bueno, pero lo que de verdad hace a un santo es ese siempre, perseverar, ser fiel, no a un ideal o a una idea, sino ser fiel a Jesucristo. María Magdalena, desde el momento en que conoció al Señor, desde que Él expulsó esos demonios de su vida, se convirtió en una de esas discípulas, en una de esos apóstoles que estaban todo el día siguiendo al Señor.
LA LLAMA POR SU NOMBRE
Había un grupo, nos lo cuentan también en el Evangelio, un grupo de mujeres que se preocupaban especialmente de apoyar, de estar ahí, escuchando, formándose y sobre todo apoyando al Señor, sirviéndolo con sus bienes, con las cosas más materiales. Y ese amor expresado en eso tan expresivo de preocuparse de que el Señor comiera, que el Señor y sus apóstoles tuvieran ese sustento material. Ese amor fue tan grande que el Señor la quiso recompensar.
El Evangelio que se leerá en la misa de hoy nos cuenta la primera aparición de Cristo resucitado. Dice la tradición que lo más probable es que justo después de la resurrección Jesús haya aparecido en primer lugar a su madre, Santa María, y tiene sentido porque la Virgen es la que más creyó, la que más acompañó al Señor, la que estuvo más cerca. Pero se ve que la segunda aparición, que es la primera que aparece en el Evangelio, fue precisamente a María Magdalena.
El Señor se le aparece mientras ella llora afuera del sepulcro. Ella le pregunta a este hombre que aparece, que ella creía que era el cuidador del huerto, si él había sacado el cuerpo del Señor. Y cuando el Señor le dice María, la llama por su nombre, ella lo reconoce, sus ojos como que se limpian, se caen, por así decirlo, esas escamas de sus ojos y lo ve y le dice Raboni, que significa maestro, como que le estuviera diciendo mi amigo, mi amor, mi todo, te reconozco, estás vivo y esa gran alegría la lleva a exultar. Tanto que el Señor tiene que decirle no me toques, no me toques todavía, anda donde mis discípulos, anúnciales que yo estoy resucitado, etcétera, ahí conocemos lo que sucede después.
RECONOCER LOS REGALOS QUE NOS DA
María Magdalena nos ayuda, nos enseña a reconocer las maravillas que Dios ha hecho con nosotros. Basta mirar a nuestro alrededor, basta mirar nuestra historia para darnos cuenta que somos privilegiados. Sí, hemos pasado por quizá dolores, dificultades, enfermedades. Sí, todo tipo de contrariedades. María Magdalena había tenido siete demonios en su interior, pero también si uno ve con sinceridad su vida, se da cuenta de que ha recibido muchas cosas buenas.
Podemos pensar en las primeras, la vida. ¿Qué es el regalo de la vida? El bautismo, la gracia, la familia, la vocación. María Magdalena nos enseña en primer lugar a reconocer esos regalos y nos anima a perseverar en nuestro camino contando con esa ayuda del Señor. A pesar de esas dificultades, de las caídas, de los problemas. Sí, habrá muchas cosas que no funcionan en nuestra vida, pero siempre, siempre tenemos toda la ayuda del Señor.
Que sepamos perseverar en nuestra vocación, en nuestro amor a Dios, en nuestra vida cristiana. Así, es la única forma de llegar a esa gran felicidad, confiar en que con la ayuda del Señor podremos ir avanzando y podremos tener todo lo que el Señor quiere darnos, esa gran felicidad. Jesús, que sepamos ser como María Magdalena, que sepamos reconocer ese gran regalo de la vida de la gracia, que sepamos descubrirte como ella te descubrió después de tu resurrección en nuestro día a día.
¡FIELES, VALE LA PENA!
Te tenemos presente en todos los lugares donde estamos. Te tenemos en el sagrario en primer lugar, te tenemos en nuestro lugar de trabajo, en nuestro lugar de estudio, en nuestra familia. Jesús, que no nos acostumbremos a tenerte, que nos dé esa gran alegría como la que experimentó María Magdalena cuando te vio resucitado.
Al terminar este rato de oración, acudimos con confianza a Santa María Magdalena para que nos ayude a ser perseverantes en el amor, a ser fieles, porque ese es el único secreto de nuestra felicidad, la fidelidad, la perseverancia. Ese amor que se entrega sin condiciones a pesar de todo. Vale la pena ser fieles. Vale la pena perseverar hasta el final.
Esta era una frase que decía mucho San Josemaría: “¡Fieles, vale la pena! ¡Fieles, vale la pena! Y lo mismo nos está diciendo María Magdalena en esta fiesta de hoy, vale la pena ser fieles. Y lo mismo nos dice nuestra Madre del Cielo, María Santísima, Ella que es Virgen fiel, ella que permaneció siempre junto al Señor también en las dificultades al pie de la cruz y después cuando Jesús resucita, se le aparece y Ella sigue siendo fiel hasta el final. Madre nuestra, ayúdanos a ser fieles hasta el final que vale la pena.





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