HACER LA VOLUNTAD DE DIOS
“El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”
(Mt 12, 50).
Este es parte del evangelio que el Señor nos propone para el día de hoy. Y hay palabras de Jesús que sorprenden y tal vez esto es una de ellas, porque mientras su Madre y sus parientes lo buscan Él señala a sus discípulos y dice que su verdadera familia está formada por quienes hacen la voluntad del Padre.
A primera vista podría parecer que Jesús está restando importancia a su propia familia, pero sucede exactamente lo contrario: está revelando cuál es el vínculo más profundo que puede unir a una persona con Dios, que es hacer su voluntad.
Precisamente María ocupa el primer lugar en esa familia, porque nadie hizo la voluntad de Dios como ella. Su grandeza no está solo en haber llevado a Jesús en su seno, sino en haber respondido cada día: “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).
Entonces puede surgir una pregunta muy concreta: ¿cuál es la voluntad de Dios para mí? Señor, hoy que estamos haciendo este rato de oración, queremos preguntarte de todo corazón: ¿cuál es tu voluntad para mí?
DECIDIR VIVIENDO LAS VIRTUDES
El otro día me vino a ver una chica que quería justamente vislumbrar cuál era la voluntad de Dios para ella. Pero ella tenía como una idea un poco más peregrina, en el sentido de que decía que en cada momento de escoger –en cada scelta se dice en italiano cuando me toca tomar una decisión-, en cada decisión tenía que seguir la voluntad de Dios.
Yo le decía: No, no, no. No es que en cada decisión Dios ya tiene algo decidido para ti, sino que tú has recibido de Dios unos dones. Entre esos dones está tu inteligencia, tu prudencia, las virtudes que has ido desarrollando, los consejeros que tienes cerca…
Y en base a todas estas cosas Dios quiere que tomes la mejor decisión. Y esa es su voluntad.
Porque muchas veces pensamos que la voluntad de Dios consiste en grandes decisiones: una vocación, un cambio importante, una misión extraordinaria… Pero normalmente empieza en cosas pequeñas y ¿qué sería la voluntad de Dios en las cosas pequeñas?

Pues el Señor quiere que vivamos las virtudes. Por ejemplo, si en un momento tienes que tomar una decisión si es que haces algo o te quedas descansando, el Señor lo que quiere es que vivas las virtudes; si es que ya has descansado lo suficiente tal vez lo que quiere es que vayas a trabajar, en cambio si estás muy estresado y has pasado mucho tiempo sin descansar, tal vez lo que quiera es que efectivamente descanses.
AMAR A DIOS A TRAVÉS DEL PRÓJIMO
El Señor te da una serie de virtudes, y además de inteligencia, y además de gente que está a tu alrededor, justamente para que te ayude a tomar decisiones. Ahora es fácil saber qué es que a Dios más le agrada. Por ejemplo, vamos a intentar profundizar sobre una cosa concreta,
¿cómo tratas a las personas que tienes cerca? Porque san Juan nos dice: “quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”
(Jn 4, 20).
Por eso amar a Dios pasa necesariamente por amar a quienes Él pone en nuestro camino. San Josemaría lo resumía de una forma muy sencilla pero también muy profunda. Él decía que teníamos que “querer a todos, comprender a todos y disculpar a todos”. ¡Qué fácil es tratar bien a quien piensa como nosotros o a quien nos cae simpático! Pero Jesús va más allá, nos invita a mirar a cada persona con los ojos con que Él la mira.
Quizás la voluntad de Dios sea escuchar con paciencia a alguien que nos cuesta, o responder con serenidad donde normalmente responderíamos con impaciencia, o perdonar una ofensa, o simplemente sonreír cuando no tenemos ganas, o no entrar a una discusión con esa persona con que tan fácilmente pierdes las riendas…
Porque el amor no suele manifestarse en gestos espectaculares sino en esos detalles cotidianos. Pero sabemos que esto siempre es complicado, no siempre resulta fácil. Hay días en que empezamos con entusiasmo y terminamos cansados; hay personas que nos ponen a prueba especialmente nuestra paciencia una y otra vez y hay momentos en los que parece que nuestros esfuerzos no cambian nada.
LA CONSTANCIA: RECOMENZAR DÍA A DÍA
Por eso es tan importante la segunda idea que es la constancia. La vida cristiana no consiste en hacer un acto de amor de vez en cuando sino volver a empezar cada día. Como decía santa Teresa: “nada te turbe, nada te espante”. San Josemaría también nos invitaba a seguir adelante sin desanimarse por las caídas. El Señor no espera una perfección inmediata, espera un corazón que no se cansa de recomenzar.
Hay algunas situaciones que tal vez son más difíciles: una madre que ya ha alcanzado una edad en la que tal vez pierde esa sensibilidad de darse cuenta cuando es imprudente, o un hijo que está en la adolescencia y tiene como una tendencia natural a ser bastante conflictivo o ir en contra en todas las oportunidades que tiene, o tal vez un esposo que tiene algún tema a veces mental que se ha ido complicando…
Ahora recuerdo una señora que tenía un esposo que tenía un tumor. No sabían que tenía un tumor y se empezó a hacer cada vez más arisco y tenía una forma un poco más agresiva de tratarle, cosa que nunca había pasado en su matrimonio. Claro, esto era doloroso, pero se dio cuenta que algo no debía ir bien porque antes nunca había pasado eso. Fueron al neurólogo y descubrieron el tumor.
FIDELIDAD EN LO PEQUEÑO
Hay a veces situaciones en las que se van dando cosas que no estábamos preparados y el Señor no nos pide una perfección inmediata en estas cosas,sino un corazón que no se canse de recomenzar. Así cada mañana podemos decirle: Señor, hoy quiero hacer tu voluntad. Y quizás al mediodía descubramos que hemos perdido la paciencia y entonces volvemos a empezar; por la tarde quizás aparezca una nueva oportunidad para servir y volvemos a empezar… Y así se construye la santidad con fidelidad en lo pequeño y con una confianza constante en la gracia de Dios.
Jesús no nos pregunta hoy si hemos hecho cosas extraordinarias, nos pregunta si hemos amado. Porque hacer la voluntad del Padre no es cumplir una lista larga de obligaciones, es aprender a amar como ama a Cristo y en eso tenemos que darnos cuenta que en el trato con los demás nos jugamos mucho de la voluntad de Dios.
“El que hace la voluntad de mi Padre” –el que hace la voluntad de mi Padre– este es mi madre y mis hermanos”. Y ahí tenemos que estar nosotros como lo estuvo la Santísima Virgen, porque ella siempre cuidó hacer la voluntad de Dios Padre.
“Señor, a Ti queremos acudir hoy al ir terminando este rato de oración para pedirte que sepamos hacer la voluntad de Dios Padre”. Que tengamos siempre esa vista en tratar bien a los demás, con constancia, luchando por no caer en las impaciencias, sino que nos acerquemos como la Virgen María,
La primera discípula y la primera en cumplir perfectamente la voluntad del Padre. Que nos enseñe a vivir con esa disponibilidad, que cada día podamos repetir con ella: “Señor aquí estoy quiero hacer tu voluntad”. Y que esa voluntad se haga visible en nuestra manera de tratar a los demás:comprendiendo disculpando sirviendo y perseverando con alegría.



Deja una respuesta