ESCUCHA LA MEDITACIÓN

DEL CORAZÓN HABLA LA BOCA

Todos hablamos. Todos conversamos. Todos dejamos una huella en quienes nos escuchan. Pero Jesús, en el Evangelio de hoy, nos hace una promesa desconcertante: «No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros». ¿Será posible que Dios quiera seguir hablando hoy a través de nuestra voz? En esta oración contemplaremos cómo hablaba Jesús, qué revelaban sus conversaciones sobre su corazón y cómo también nuestras palabras pueden convertirse en lugar de encuentro con Dios.

Jesús, hoy quiero comenzar este ratico de conversación pensando en algo que hago todos los días y casi nunca examino: conversar. Hablo con mis amigos, con mi familia, hablo con mis compañeros, respondo mensajes, envío audios, hago llamadas, paso buena parte del día utilizando mi voz.

Y, sin embargo, pocas veces me pregunto: ¿quién habla realmente cuando hablo yo? Podría ser evidente la respuesta, pero el Evangelio de hoy contiene una de esas frases muy misteriosas.

Jesús, tú dices:

“no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros”.

(Mt 10, 20).

Señor, qué promesa tan grande, tan inmensa, tan misteriosa también, lógicamente, porque es el Espíritu el que habla, y no dice simplemente: “Les ayudaré a encontrar palabras”. No, no. Nos dices: “Les daré el discurso perfecto”.

Dices algo mucho más grande: “Será el Espíritu quien hablará por ustedes”. No simplemente el discurso, sino “el Espíritu es el que hablará”, es el que habla.

Entonces me hago una pregunta que quiero hacerte, Jesús, con toda sinceridad: ¿Señor, alguna vez alguien ha podido escucharte un poco a ti después de conversar conmigo?

Estoy haciendo oración. Y tú también, tú que me estás escuchando, estás haciendo oración. Vamos a preguntarnos esto: ¿alguna vez, Señor, ha podido escucharte alguien un poco a ti después de conversar conmigo?

El Papa León, en febrero, cuando escribió un mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones, dijo una cosa que a mí me impresionó mucho: “la persona es ante todo un rostro y una voz”. Qué bonita definición de persona: un rostro y una voz.

Ahora lo pensamos y lo hablamos, Señor, delante de ti, contigo: un rostro, una voz… No somos un perfil, no somos un algoritmo, no somos una fotografía, ¡somos alguien!

LAS CONVERSACIONES DE JESÚS

Jesús y la samaritana

La antigua palabra «persona» significa… bueno, una de las acepciones de persona es: «personare», «sonar a través de». Persona, personare, sonar a través de.

Como si nuestra voz dejara salir algo mucho más profundo. Porque al final, la voz no nace de la garganta. La voz nace del corazón, del alma. Por eso quiero dejar por un momento de pensar en mi manera de hablar; más bien, Señor, quiero contemplarte a ti: ¿cómo hablas tú, Jesús? ¿Cómo son tus conversaciones? ¿Cómo conversaste, por ejemplo, con la samaritana cuando llegaste a ese pozo y viste a esa mujer, sus heridas, sus fracasos?

Tú no comienzas por corregirla, comienzas conversando. Le haces preguntas, la escuchas y la conduces poco a poco hasta descubrir que tiene sed, su propia sed. Una sed que ha buscado saciar por muchos años.

¡Impresionante! Una conversación termina convirtiéndose en una vida nueva. ¡Una conversación! ¿Jesús, qué tenía tu voz para que una mujer marcada por el pasado terminara dejando ese cubo de agua, ese cántaro y corriera a hablar de Ti y anunciarte? Nunca dejaría, desde ahí en adelante, de hablar de ti…

Pienso también en Nicodemo. Nicodemo llega de noche, tiene miedo, dudas y Jesús lo estaba esperando. Jesús no se desespera ni ridiculiza como las preguntas de Nicodemo, no. Lo acompañas, Señor, le hablas con paciencia, lo escuchas.

¡Qué distinto es tu modo de conversar!

También, por ejemplo, con Zaqueo. No hay un gran discurso, basta una frase:

Hoy quiero hospedarme en tu casa. Zaqueo ven, baja…

(cfr. Lc 19, 5),

solo eso.

Y ¿qué pasa con el corazón de Zaqueo? Cambia para siempre.

Una mirada, unas palabras, una conversación… Esa es la fuerza que tienen las palabras; las palabras transforman cuando salen del corazón.

 JESÚS, TU VOZ SANA

quédate

Y vuelvo a escuchar tu promesa, Jesús:

“No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.

(Mt 10, 20).

Sí, Jesús, quizá el Espíritu Santo no quiere hacerme hablar más, quizá quiere también hacerme amar más.

Amar más, eso sí, porque cuando el corazón ama, las palabras cambian.

También me conmueve, por ejemplo, imaginar aquella conversación con Marta después de la muerte de Lázaro; rota, dolida, decepcionada y Jesús, tú la dejas hablar, escuchas su dolor. No huyes de sus lágrimas, no le dices: “Bueno, después de que te calmes hablamos”. No, no, la escuchas, no cambias de tema. Qué importante es eso.

Hay personas que solo necesitan encontrar a alguien que las escuche. Los discípulos de Emaús, por ejemplo: durante kilómetros Jesús no habla. Primero les preguntas, los escuchas, dejas que vacíen el corazón.

Qué manera tan bonita de conversar, Jesús. Enséñame a escuchar también, porque quizá el Espíritu Santo también habla a través de nuestro silencio. Bueno, vamos a pensarlo, vamos a hablarlo con el Señor.

Pienso también en Pedro después de haber negado tres veces a Jesús. Y Jesús no empieza con un reproche, no. Empieza con una pregunta:

“¿Pedro, tú me amas?”

(cfr. Jn 21, 15).

Qué delicadeza, qué respeto y también qué confianza. Así hablas tú, Señor. Tu voz sana, convierte.

Entonces, la promesa del Evangelio cobra un sentido nuevo:

“No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.”

(Mt 10, 20).

Eso significa que la santidad también transforma nuestra manera de conversar; no solo rezamos, trabajamos mejor, también hablamos de otra manera. Porque el Espíritu Santo va modelando poco a poco el corazón y el corazón termina apareciendo en cada palabra.

HABLA EL CORAZÓN

Hay otra cosa que dice Jesús, muy interesante:

“De la abundancia del corazón hablará la boca”.

(Lc 6, 45)

¿Ves? Lo que habla es el corazón, no es la garganta, no son los labios.

No podemos fingir durante mucho tiempo; las conversaciones terminan revelando quiénes somos.

Jesús, quisiera preguntarme, contigo: ¿Qué sienten los demás cuando hablan conmigo, descansan, se sienten juzgados o se sienten escuchados? ¿Encuentran esperanza, descubren paz? ¿O salen más cargados de lo que llegaron? ¡Esperemos que no!

Pensemos en la casa, en la universidad, ¿qué pasa en mis grupos de WhatsApp? ¿Qué pasa en las conversaciones del trabajo? ¿Construyo comunión o a veces también alimento de chismes, de habladurías, juicios o comparaciones? ¿Llevo serenidad o ansiedad? ¿Transmito esperanza o pesimismo?

Cada conversación deja una huella. Quizás nunca sabremos cuánto bien se ha producido o cuánto mal, pero digámoslo en positivo: quizá nunca sabremos cuánto bien se ha producido por una palabra, por una conversación, por una mirada.

Bueno, Señor, te pido una gracia muy concreta: que antes de comenzar una conversación importante, recuerde esta frase del Evangelio:

No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros”

(Mt 10, 20),

antes de una reunión, antes de responder un mensaje difícil, de corregir a alguien, antes de pedir perdón…

¡Qué difícil es pedir perdón! Hay que encomendar al Espíritu Santo que nos ayude antes de dar un consejo.

Pienso en este momento, Señor, también en la inteligencia artificial. Las máquinas pueden escribir, pueden imitar voces, pueden recrear rostros incluso, pero hay algo que jamás podrán tener: un corazón que ame, que rece, un corazón que se deje habitar por el Espíritu Santo.

Eso sigue siendo el gran milagro cristiano. Que Dios quiera servirse de nuestra pobre vos para seguir llegando a otros, eso es un milagro. Qué responsabilidad tan hermosa. Y que consuelo pensar que no todo depende de mí:

“No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros”

(Mt 10, 20).

Madre mía, santa María, nadie dejó hablar tanto a Dios como tú. Tu voz pronunciaba palabras sencillas, pero nacían de un corazón completamente enamorado, completamente disponible, lleno de Dios, llena de gracia.

Enséñanos a guardar a Jesús en el corazón para que nuestras palabras también lleven un poco de esa luz. Señor, transforma mi corazón, que cuando los demás conversen conmigo no escuchen solamente mi voz, haz que de alguna manera puedan encontrarse contigo también, y un día pueda cumplirse esa promesa:

No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros”.


Citas Utilizadas

Os 14, 2-10

Sal 50

Mt 10, 16-23

Lc 19, 5
Jn 21, 15
Lc 6, 45

Reflexiones

Señor, transforma nuestros corazones para que cuando los demás conversen con nosotros, no escuchen solamente nuestra voz, sino puedan encontrarse contigo también.

Predicado por:

P. SANTIAGO

¿TE GUSTARÍA RECIBIR NUESTRAS MEDITACIONES?

¡Suscríbete a nuestros canales!

¿QUÉ OPINAS SOBRE LA MEDITACIÓN?

Déjanos un comentario!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

La moderación de comentarios está activada. Su comentario podría tardar cierto tiempo en aparecer.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.


COMENTARIOS

Regresar al Blog
Únete
¿Quiéres Ayudar?¿Quiéres Ayudar?