«Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para decirle: —¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayunan? Jesús les respondió: —¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces, ya ayunarán»
(Mt 9, 14-15).
El esposo… Jesús es el esposo. El esposo que nos fue arrebatado en su Pasión y Muerte…
Ojo que la Biblia comienza con una boda (la de Adán y Eva) y termina con una boda (la del Cordero con su esposa la Iglesia, en el Apocalipsis). Y
«llegada la plenitud de los tiempos»
(Ga 4,4)
Jesús realiza su primer milagro en una boda.
O sea, esto de las bodas y los esposos es una figura que gusta a Dios.
El matrimonio de los hombres se parece, pero no deja de ser una imagen limitada… Por eso dice san Pablo:
«Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Gran misterio es éste, pero yo lo digo en relación a Cristo y a la Iglesia»
(Ef 5, 31-32).
O sea, el misterio es la relación de Cristo (el Esposo) con la Iglesia.
Así que la unión nuestra (porque tú y yo somos Iglesia) con Jesús es más íntima que la unión entre esposo y esposa. Pero, como decíamos, el esposo nos fue arrebatado. Ahora conviene ayunar…
MARÍA IGNACIA GARCÍA ESCOBAR
Me acordaba de la primera numeraria del Opus Dei: María Ignacia García Escobar. Descubrió su vocación ya en el lecho de un hospital. Y así, enferma, supo hacer oración, en medio del dolor y por eso no perdió el buen humor.

Ella escribió:
“Hoy empezó tu retiro en el desierto, Jesús mío —escribió María en su libreta el día 10 de febrero, Miércoles de Ceniza—, donde ayunaste los cuarenta días que antecedieron a tu Sagrada Pasión. Yo no puedo acompañarte, mi adorado Jesús, con ayunos ni penitencias, pues ya sabes que estoy en cama, sin una hora seguida de descanso… Si con mis dolores puedo hacerte alguna compañía, dispón de mí como mejor te plazca.
No sé hacer oración. Rara vez me mortifico. Soy muy charlatana… ¿Cuándo así, voy a purificarme de tantos pecados como en mi vida he cometido y poder llegarme a Ti?
Al enviarme los dolores me dices: ‘Si los aceptas con alegría y en medio del sufrimiento me demuestras amor, aunque sea con una mirada al Crucifijo, yo te prometo suplir con ello cuantos rezos y oraciones pudieras hacer en mi honor’.
¡Qué hermosas palabras, mi dulcísimo Jesús! ¡Qué alientos das a mi pobre alma con ellas! —¡Qué grande y qué bueno eres, mi enamorado Esposo! —Te pido tu ayuda y, con ella, cuantos dolores y penas ha habido en el mundo desde su principio y haya hasta su fin.
Tu amor es, solamente, lo que anhelo ¡sólo tu amor!”
(J. M. Cejas, José María Somoano en los comienzos del Opus Dei)
¡Vaya manera de hacer oración! Y mira que le llama Esposo y que ofrece todos sus dolores. No porque a Jesús le agrade el dolor; ningún buen esposo disfruta viendo a su esposa sufrir. Sino porque le ofrece lo que tiene y Él lo acepta con agradecimiento.
LA PROMESA
Otro ejemplo de ayuno. Ya sé que no estamos en Cuaresma, pero los ejemplos de este tipo de cosas suelen surgir en Cuaresma, aunque el tema es de siempre. Hay un relato que se llama “Promesa de no fumar”.
“Julián Arrondo, funcionario de un ministerio, decide pasar una Cuaresma sin fumar. Le parece que puede ser una buena inversión para la otra vida.
Ya la noche del martes, víspera al Miércoles de Ceniza, se acuesta, nervioso y malhumorado, exclamando: —Esta noche no voy a dormir.
—No vamos a dormir, corea pacientemente su mujer.
A lo largo de la Cuaresma, su genio se va agriando y aumenta su aspereza y malhumor. Y, en la misma proporción, crece la paciencia y el aguante de su esposa. Total, que antes de llegar la siguiente Cuaresma, la tensión le juega una mala pasada: un infarto y al Cielo.
Cuando llega, san Pedro le asigna un modesto lugar junto a la puerta. Él trata de hacer valer sus méritos penitenciales durante aquella larga Cuaresma sin fumar.
San Pedro revisa el fichero: —Arrondo… No consta. ¡Ah, si! Aquí está. Pero mira cómo figura: Arrondo, señora de Arrondo: ‘Aguantó a su marido sin fumar durante una Cuaresma’”
(José María Pemán).

La penitencia que tiene méritos es la que vivimos en el amor, la paciencia y la caridad. Se trata de ofrecer mortificaciones que no mortifiquen al Esposo, es decir, a Jesús. Tampoco a las demás personas.
CON ÉL
“Es sabido desde antiguo, como señalaba el monje del siglo IV Juan Casiano, que ‘difícilmente se refrenarán las pasiones ocultas y más violentas de la carne, si se es incapaz de mortificar siquiera un poco las delicias del paladar’.
Renunciar a la tentación es privarse de un acto apetecible, por eso el santo Cura de Ars afirmaba que la mortificación interior y exterior van unidas. Difícilmente controlarás la lengua en el momento de criticar si no la has dominado a la hora de comer.
En catequesis nos decían que los hombres no comemos como los cerditos, que se lanzan a comer hasta que están llenos. Un cristiano tiene señorío sobre los alimentos. Por eso Casiano también nos da tres pautas a seguir por un hijo de Dios a la hora del almuerzo: Comer a la hora (no adelantar la comida por hambre), comer una cantidad moderada (san Josemaría aconsejaba una cucharada más de lo que no te gusta y una menos de lo que te gusta) y comer de todo, sin hacer ascos a ningún alimento.
Con el ayuno le damos al cuerpo menos de lo que nos pide. Así el cuerpo hará lo que diga la cabeza. Es una buena inversión. Un cuerpo obediente es como un perro de policía bien adiestrado. Cuando le necesites, te obedecerá.
Tampoco hay que emplear demasiado tiempo para convencer de las bondades del ayuno porque, en general, el controlar las calorías y estar pendiente de la báscula es un hábito bastante extendido en nuestra sociedad. Muchos de los personajes famosos, a pesar de ser multimillonarios, pasan mucha hambre por conservar la figura.
Pues bien, si lo vas a hacer de todos modos, hazlo mejor por amor a Cristo [el Esposo]. Una gran vía de crecimiento espiritual es hacer con un sentido nuevo la cantidad de sacrificios que aceptamos hacer cada jornada. Sacrificarse por uno mismo es estéril, hacerlo por Dios [por el enamorado Esposo] y los demás nos acerca a todos al Cielo”
(Marzo 2023, con Él, José Luis Retegui García).
Si nos cuesta (porque igual nos costará) pidamos ayuda a la Esposa. A la esposa del Espíritu Santo, María nuestra Madre, porque ella seguro que nos ayudará.



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