Hay algunas heridas que se curan muy rápido. Uno se cae, se raspa una rodilla, se pone una curita y a los pocos días ya no queda nada. Bueno, así me ha pasado a mí varias veces con las caídas que he tenido en bicicleta… Que mi mamá no me escuche, porque ¡ay, Dios mío!
Pero hay otras heridas que no funcionan así: una palabra que te dijeron hace años, una traición, una injusticia, una decepción, una ausencia, una herida familiar… Uno piensa, eso ya es prueba superada, pero de repente aparece otra vez.
No sé, como cuando uno mueve un mueble y encuentra polvo que llevaba ahí meses escondido, vuelve a aparecer. Quizá nos ha pasado.
Y aparece una pregunta que, a veces, da vergüenza formular: Jesús, ¿por qué todavía me duele? Quisiera que la vida espiritual funcionara, no sé, como un interruptor. Rezo, está bien, me confieso, voy a misa y listo, ¡ya!
Pero muchas veces no funciona así. Por eso hoy el evangelio me impresiona, porque Jesús dice:
“Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen”
(Mt 5, 44).
Nos imaginamos la cena, yo me la imagino: Jesús hablando a personas concretas, personas que han sufrido, con heridas, personas que habían sido engañadas quizá, no sé, personas que habían sido tratadas injustamente.
¿Y qué les dice Jesús? Amad. No les dice ignoren eso, olvídense de eso. Hagan como si no hubiera pasado nada, no, no. ¡No, señor! Tú les dices y nos dices: Amad.
Cuando escuchamos eso, podemos sentir como una cierta distancia. Porque amar a quien nos ama es sencillo. Pero amar a quien nos ha herido… es otra historia, eso es otra cosa.
EL PERDÓN ES UN CAMINO, UN PROCESO…

Hace muy pocos días en España una joven le contó al Papa su testimonio. Cuando era una niña, su papá intentó matar a su mamá y un niño se atravesó para defenderla y el niño terminó entregando su vida.
Ese hombre lo metieron a la cárcel y su mamá se refugió en las drogas. Y esta niña… pues la vida la trató muy mal desde niña. Esa niña se fue a un lugar donde acogían a otros niños. Quedó sin familia, se quedó sin papá, porque estaba en la cárcel y su mamá, refugiada en las drogas y en el alcohol.
¡Qué cosa tan tenaz! Qué historia tan real, tan dolorosa y verdadera. Abandono, heridas profundas. Y entonces, le preguntó al Papa, una pregunta normal: ¿Cómo puedo perdonar?
Jesús, aquí estamos haciendo la oración, quizá no todos tenemos una historia tan dramática como esta chica. Pero sí tenemos historias, nombres, recuerdos, personas, situaciones y de vez en cuando nosotros también levantamos los ojos al cielo y preguntamos: Jesús, ¿cómo hago para perdonar esto? Porque algunas cosas duelen y duelen mucho.
¿Y qué le dijo el Papa? El Papa no le dio una receta mágica. El Papa no le dijo: pues hija, perdone. No, no, no. El Papa no le dijo: Oiga, pero ¿hace cuánto pasó eso? Usted ya debería haber superado eso. El Papa no le dijo nada de eso.
Como Jesús. ¿Qué le hubiera respondido Jesús a esa niña? El Papa lo que dijo fue algo magistral — ojo, pues— para que esto se nos quede en la cabeza, en el corazón: “El perdón es un camino. El perdón es un proceso.”
Señor, estamos haciendo oración. El perdón es un camino, es un proceso. El perdón es obra de la gracia, la gracia divina. “Señor, danos esa gracia.”
SEÑOR, DAME UN CORAZÓN MÁS GRANDE

Y eso cambia completamente la perspectiva, porque a veces pensamos que perdonar significa que ya no duele y eso no es verdad. O pensamos que perdonar significa volver inmediatamente a la relación anterior y eso tampoco es verdad.
O pensamos que perdonar significa justificar el mal y menos todavía. Jesús, nunca llamó bien al mal. Nunca justificó la injusticia, nunca dijo que el pecado no importaba.
“Señor, lo que tú hiciste fue algo muy grande. Porque no permites, no permitiste y no permites que el mal tenga la última palabra.” Y ahí está la clave: perdonar no consiste en decir que no pasó nada, no. Perdonar consiste en impedir que aquello que pasó gobierne mi vida.
Es decir, que eso me controle, que eso sea de lo que dependa mi vida. El perdón es decirle a Jesús: “Jesús, esto me duele, esto me dolió y me sigue doliendo, pero no quiero vivir prisionero de este dolor”.
Quizá hoy podríamos preguntarle directamente al Señor, ya que estamos hablando con Él: “Jesús, ¿qué herida sigo cargando? ¿A quién me cuesta mirar con misericordia? ¿Hay algún nombre que todavía me genere rabia, ira? ¿Hay alguna historia que todavía me amargue la vida?”
Porque muchas veces el primer paso del perdón no es perdonar, es reconocer la herida, es presentárselo al Señor. Es dejar de esconderla, decirle: “Señor, mira esto, te lo entrego, yo solo no puedo”.
El perdón cristiano no empieza con las propias fuerzas. Empieza con una petición: “Señor, dame un corazón más grande. Señor, enséñame a perdonar. Haz en mí lo que yo no soy capaz de hacer”.
Heridas, relaciones que terminaron mal, decepciones familiares, una traición eso cómo duele. Y uno quisiera que todo eso se resolviera rapidito, rapidito y no.
DAR PEQUEÑOS PASOS
Dios —si podemos hablar así. Señor, si me permites hablar así— Dios trabaja despacio. Como trabaja, por ejemplo, la primavera. Como crecen los árboles, como sana una cicatriz: poco a poco.
Por eso, lo que dijo el Papa fue magistral, porque él decía que en el perdón se avanza con pequeños pasos, pequeños pasos, no grandes saltos, pequeños pasos.
Hoy, quizá todavía podemos no sentir afecto por alguna persona que nos hizo mal, pero si podemos, por ejemplo, dejar de alimentar resentimientos.
Quizá todavía hoy no puedes reconciliarte completamente, pero tal vez sí puedes rezar un Ave María por esa persona. Hoy quizás, Señor, todavía no podemos comprender lo que nos pasó, pero sí podemos decir: “Jesús, quiero querer perdonar”.
Y eso ya es un paso muy grande. Porque el Señor trabaja precisamente ahí, en los pequeños pasos, en las pequeñas aperturas, en esas grietas por donde entra la gracia. “Señor, entra por algún pequeño resquicio, por el que te deje entrar, entra por ahí”.
Y mientras hablamos de perdón, ¿a quién miramos? Pues a Jesús, en la cruz. Porque allí es donde se encuentra la medida del amor. Jesús sí sabe lo que es ser traicionado. Jesús, sí sabe lo que es ser abandonado. Lo que es sufrir por una injusticia. Y desde la cruz, ¿qué dices, Señor?
“Perdónalos, porque no saben lo que hacen”
(Lc 23, 34).
“Padre, perdónalos” No, porque no le doliera a Jesús eso. No porque fuera fácil, sino porque el amor de Dios siempre es más grande.
JESÚS ESTA SIEMPRE CON NOSOTROS
Hoy, Jesús no nos está pidiendo que lleguemos inmediatamente a ese punto, no. Quizá nos pide simplemente o nos invita a caminar, a no rendirnos, a no pensar que, porque todavía me duele mucho lo que siento, pues he fracasado. No.
No confundir el proceso con la falta de fe. No. Dios también está presente en los procesos, también está presente en las lágrimas, está presente en las heridas que todavía están ahí, cicatrizando.
Terminamos mirando nuestra Madre, santa María. Madre nuestra, tú que conociste el sufrimiento, conociste las heridas de tu hijo, la injusticia y nunca permitiste que el dolor te cerrara el corazón.
Pidámosle hoy que nos enseñe esa paciencia de las madres. La paciencia de quien sabe esperar la obra de Dios. La paciencia de quien sabe que el amor termina venciendo siempre.




Deja una respuesta