Continuamos este evangelio de san Juan, ya es la última parte en cuanto Jesucristo habla sobre el pan de vida. Comienza diciendo que
«los discípulos discutían entre sí diciendo: “cómo este hombre puede darnos a comer su carne”»
y Jesucristo le responde:
«les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre no tendrán vida en ustedes».
Al igual que casi todos los días de esta semana que hemos estado revisando este discurso del pan de vida, el Señor es redundante o sea vuelve una y otra vez:
«el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo lo resucitaré en el último día».
Luego dice unas palabras que realmente debieron conmover a la gente:
«mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida».
Luego continúa:
«el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él. Este es el pan que ha bajado del Cielo no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente»
(Jn 6, 52-59).
Todas estas cosas las decía en la sinagoga de Cafarnaúm, que era el sitio más importante donde predicó, donde tenía su base de operaciones Jesús.
Señor, te decíamos al inicio de este rato de oración: “que me ves y que me oyes” y hoy este evangelio nos sitúa en un momento tenso. Acabas de decir, Jesús, algo escandaloso:
«el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna»
y los judíos discuten:
«cómo puede éste darnos a comer su carne».

El Señor nos deja claro que aquí hay que tomar cosas radicales. Y nosotros pensamos ahora, ya sé que Jesús está hablando de la Eucaristía, pero tal vez hemos perdido la capacidad de asombrarnos porque esto sigue siendo una locura de amor. Porque si Jesús hubiera querido quedarse como un recuerdo, bastaba un libro, el mismo evangelio.
Si hubiera querido quedarse como una idea, bastaba con una doctrina, sus enseñanzas; si hubiera querido quedarse como una inspiración, bastaba su ejemplo.
De acuerdo, pero quiso quedarse como alimento, quiso entrar literalmente en nuestra vida, en nuestro cuerpo.
Por eso, Señor, Tú vienes para que nosotros tengamos hambre, hambre de amor, hambre de seguridad, hambre descanso, hambre de sentido.
Muchas veces intentamos saciar esa hambre con cosas que no llenan: más éxito, más dinero, más likes, más reconocimiento, más entretenimiento… y al final, seguimos vacíos.
San Agustín decía:
“nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta descansar en Ti”.
HAMBRE DE CIELO
Señor, Tú nos revelas hoy algo impresionante: tu hambre más profunda tiene forma de eternidad, por eso nos dices:
«el que coma de este pan vivirá eternamente».
Nunca has dicho: vivirá más cómodo o tampoco has dicho: tendrá menos problemas o tampoco has dicho: todo será fácil o serás bueno, serás mi amigo y entonces vas a ganar todas las cosas que puedas, ¡no! Dices algo mucho más grande:
«vivirá para siempre»,
porque no has querido darnos algo simplemente para esta vida sino que fuimos creados para el Cielo. Y esta hambre tiene que ser una hambre de Cielo y esto nos conmueve muchísimo. Fíjate cómo Dios se hace vulnerable, porque Dios se hace pequeño en Belén, se hace frágil en la Cruz y se hace alimento en la Eucaristía. ¡Qué humildad la de Dios!
En cada misa ocurre el milagro más grande del mundo y muchas veces pasamos distraídos. Nos preocupa llegar tarde al trabajo, estamos respondiendo mensajes, queremos resolver pendientes, queremos quedar bien y Jesús, en cambio, espera en el sagrario, ahí está silencioso.
Es impresionante pensar que hay personas que harían cualquier cosa por ver a Jesús físicamente y nosotros podemos recibirlo dentro de nuestra alma. Quizás Jesús nos pregunta: ¿valoras mi presencia en la Eucaristía o vas a misa sólo por obligación? O ¿comulgas distraídamente o nunca visitas al santísimo?
Tenemos que aprender a permanecer en Él porque eso es lo que dice Jesús:
«el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él».
Permanecer no es una visita rápida, permanecer no es algo superficial, es comunión profunda como la savia en el árbol, como el oxígeno en los pulmones, como el corazón que da vida al cuerpo. Sin Jesús nos secamos.

Quizás muchas veces podemos sentir cansancio espiritual porque llevamos tiempo intentando vivir sin alimentarnos de Él. Queremos amar sin acudir al Amor con mayúscula, queremos perdonar sin acudir a la Misericordia con mayúscula y queremos luchar sin acudir a la Fortaleza con mayúscula.
Por eso hemos de escuchar esta voz tuya, Jesús, que dices: “Ven, aliméntate de Mí”. Tal vez hoy puedes hacer un propósito muy concreto, por ejemplo: ir a misa entre semana o llegar más recogido el domingo o hacer una visita al Santísimo, comulgar mejor preparado o dar gracias después de comulgar, porque la Eucaristía no puede ser una rutina, es ¡Cristo Vivo! ¡Cristo Vivo!
Como recuerda la Iglesia: nuestra fe se vive en comunión real, no en comunión virtual, no en comunión superficial; ¡una comunión real!
En una época en la que estamos viviendo ahora de relaciones rápidas, de cambios digitales, de inteligencia artificial que nos sorprende cada vez más, estamos llamados al encuentro verdadero, a una presencia auténtica. Y no hay encuentro más real que la Eucaristía.
NETFLIX
Conversaba con una chica hace unos días y me decía que antes tenía una vida espiritual más fuerte, pero que ahora que tiene más tiempo libre ha empezado a ver más cosas de Netflix y las series de Netflix han ocupado ahora su tiempo. Antes lo que buscaba era un poco de entretenimiento, ahora no tiene tiempo para otras cosas porque su vida espiritual ha disminuido por Netflix.
Se daba cuenta, porque es una buena chica y ahora estará luchando (espero) que no va a ver más de Netflix. Yo le recomendaba que máximo un capítulo cada día. Y si es que quería ofrecer algo por su esposo o para hacer algo por su trabajo o lo que sea, que ofrezca no ver ese día nada.
El Señor quiere que le tengamos hambre, que tengamos esa comunión real con Él. Que no te distraigas por tonterías, que no dejes que Netflix te quite esa posibilidad de ser más espiritual.
Señor, cuántas veces te he recibido sin darme cuenta del gran milagro. Perdón, perdón por mis comuniones distraídas, perdón por mi frialdad a veces, perdón por acostumbrarme a Ti, aumenta mi fe Señor. Que no me entretenga en tonterías.
Ayúdame a enamorarme de la misa, ayúdame a descubrir que allí está la vida eterna que comienza ya, que ahí te puedo encontrar a Ti. Que nunca prefiera pan que se acaba cuando Tú me ofreces el pan del Cielo. Jesús, pan vivo, quédate conmigo.
Recuerda que el mundo ofrece panes que te entretienen por un momento, pero Jesús se ofrece a sí mismo y te promete eternidad. Señora, ayúdanos a entender esto y ayúdanos a difundirlo por todas partes.



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