Nos cuenta el Evangelio que aquellas mujeres que habían ido al sepulcro y se encontraron con el ángel que les dijo que no temieran, que el Señor había resucitado y que fueran a avisarlo a los discípulos, salieron corriendo.
El Evangelio de hoy nos dice que a una distancia allí se apareció nada menos que Jesús resucitado, te apareciste Vos, Señor, ante ellas. Y no sólo eso, sino que las saludás diciéndoles:
«Alégrense»
después de que te han visto tan maltrecho, tan solo, tan torturado y muerto. Ahora seguramente te ven radiante porque su reacción es darte un abrazo, pero se abrazan a tus pies. De alguna manera, te verían Señor resucitado, glorioso y te reconocen como Dios; te adoran.
Abrazan tus pies que se los encuentran con esas llagas que quisiste conservar, los agujeros de los clavos que te atravesaron y que han sido después refugio para tantos.
Pueden ser alguna vez para nosotros esas llagas que dejaron la Pasión en Vos, Señor y que conservaste como una muestra del amor que nos tenés, hasta dónde llega tu entrega por mí y también como un lugar donde podemos encontrar refugio en las penas, los sitios más desolados en esas llagas abiertas por el amor y de alguna manera un abrazo tuyo, un estar muy unidos a Vos.
ALÉGRENSE Y NO TEMAN
Te abrazan y Vos les decís de vuelta:
«no teman, no teman y vayan y anuncien a los discípulos que me encontrarán en Galilea»
(Mt 28, 10).
Jesús resucitado envía a estas mujeres para que no se queden ahí, sino que difundan lo que han visto, aquello de lo que son testigos y le den también así no sólo ánimo, también unas indicaciones concretas a los discípulos: que bajen a Galilea y así te encontrarán otra vez.
Pensaba en este rato de oración, Señor, tan fresca tenemos tu Resurrección; de hecho, estos días son como un gran domingo, toda la Octava de Pascua en el que como si fuera, no nos alcanza un sólo día para decir: ¡ha resucitado, Aleluya!
Tendremos toda la Octava para ir recorriendo tus distintas apariciones.
En este rato de oración concreto, Señor, pensar en esas palabras tuyas:
«alégrense y no teman».
Y también vayan. Están un poco todas unidas.
La alegría de encontrarte, la alegría que querés que compartamos, Señor, de tu historia, que nos querés felices, contentos.
CONFIAR

Qué bueno cuando hay gente así, que llega y te transmite una alegría y qué bueno si nosotros también tenemos ese deseo para los demás. Al saludar, saludar bien, saludar con buenos deseos, buenos días…
Nosotros no usamos como saludo: “alégrense”, pero sí podemos tener ese deseo para los demás y además confiamos en que hay fundamentos fuertes, firmes, para esa alegría que no es sólo un modo decir o un dale, está contento porque sí, porque proponételo, sino porque Dios vence y Dios está con nosotros.
Dios es Señor de la historia y Dios ha superado esta enorme prueba y nos quiere asociar a su victoria también y por eso el «no teman, no teman».
Ahora Jesús, nos podemos imaginar que estamos delante tuyo, resucitado, radiante y me decís «no temas, no tengas miedo» y yo puedo pensar qué cosas me dan miedo, cuáles son mis motivos de temor.
Yo veo mucha gente y me parece que es normal que a todos nos pase que antes o después, parte de lo que tenemos que aprender en la vida Señor es a confiar, a no temer porque estamos en tus manos, sobre todo ante dificultades que nos parece que nos superan y nos sentimos pequeños y no sabemos bien cómo reaccionar.
Quizá es ahí cuando más necesito estas palabras tuyas: «no tengas miedo, no temas» y junto con eso también que me digas qué hacer. A estas: «no teman, vayan y anuncien a mis discípulos que me encontraran en Galilea». No teman, tienen una indicación concreta, una misión, algo que hacer.
Porque a veces el miedo tiende a paralizarnos, ya que nos quedamos sin saber qué hacer, por ahí abrumados por las circunstancias, por ahí ante la incertidumbre del futuro.
¿QUÉ ME ESTÁS PIDIENDO SEÑOR?
Qué bueno Señor, en esos momentos además de escuchar tu voz: “no temas que el temor no va a arreglar nada, no temas que Yo estoy con vos, no temas que puedo sacar cosas buenas de los males”, si nos mostrás también o si conseguimos discernir, puede ser en la oración, hacia dónde debería ir nuestra acción para no quedarnos paralizados.
Más allá de las cosas que no puedo hacer nada, ¿qué es lo que sí puedo hacer ahora? ¿Qué es lo que me estás pidiendo?

También quizá en el apostolado, en llevar el anuncio de que Cristo vive y quiere vivir en nuestras vidas a los demás como reciben encomendada esa misión estas mujeres: “vayan”.
Uno podría decir, es fácil, están llevando una buena noticia, ya está. Cristo resucitó, superó toda esa angustia, todo ese dolor que pudieron experimentar el viernes o desde que llevaron al Señor preso la noche del jueves.
Y no, porque también, fíjate lo que viene después, las persecuciones. No es que acabó todo motivo de preocupación, incluso en ese momento podían tener miedo a represalias, si no encontraban el Cuerpo por parte de los romanos, a que no les creyeran, a que todos se dispersaran, que se acabara todo lo que había empezado Jesús.
ANUNCIAR LO QUE SOMOS TESTIGOS
“No teman, no teman; vayan y hagan esto”.
Seguro a mí también Señor me pedís anunciarte y puede haber motivos de miedo que me frenan, de dificultades, del ambiente, de los que no entienden y quizá me pedís igual: no tengas miedo, andá y decí.
Será acomodándonos a quien nos escuche, será por ahí un mensaje o una parte o un aspecto distinto del mensaje según a quién se trate y las circunstancias que se encuentren.
Pero también, qué bien Jesús que ahora en este tiempo pascual me animés a salir, a caminar, a ir al encuentro y a anunciar lo que somos testigos: que vivís, que Cristo vive y que quiere encontrarse con tanta gente.
Señor, si es un poco la pereza, si es un poco el temor lo que me frena, que el encuentro con Vos, Jesús resucitado, que el abrazarte, que el ver tus llagas, que el verte radiante, me sacuda un poco para salir de mí.
Que no sea esto sólo una alegría, alégrense, que yo sólo me lo quede para mí, sino que ojalá lo pueda compartir y de una manera especial ahora en este tiempo pascual que arrancamos.
Llevar la alegría de la Pascua, esa esperanza con fundamento que nos regalás con la Resurrección y la podamos difundir a nuestro alrededor.
Vamos a pedírselo a la Virgen que sería la testigo número uno de la Resurrección, que reflejaría en su rostro, en sus palabras, en sus explicaciones de la Escritura. Cómo Cristo vive, todo esto tenía que pasar, que ha padecido y ahora vive y ya no muere más y eso lo transmitiría a todos los que se acercaban a ella o todos los que ella encontraba.



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