“Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos está en ustedes, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a sus cuerpos mortales por medio del Espíritu, que habita en ustedes.” (Romanos 8: 11)
EL REGRESO DE LA TUMBA
El evangelio que leímos el Domingo de Ramos dice que luego de la muerte del Señor, el velo del templo se rasgó y algunos muertos salieron de los sepulcros y volvieron a la vida. Lázaro salió caminando de la tumba. El hijo de la viuda de Naim fue visto con vida nuevamente.
También en la historia contemporánea, hay testimonios científicamente comprobados, de personas que luego de haber estado clínicamente muertas, han vuelto a la vida.
Entonces, cabe preguntarnos ¿en qué se diferencian estos resucitados del RESUCITADO, así con mayúsculas?
Lo más evidente en primer lugar: todos ellos volvieron a la vida del mundo. Volvieron a abrazar a sus familias, a trabajar, a comer, a transitar; y por supuesto, volvieron a morir.
Sabemos que los apóstoles por su condición de judíos, creían firmemente en la inmortalidad del alma y habían escuchado desde niños las historias del Antiguo Testamento, como aquella cuando el espíritu de Samuel se le aparece a Saúl. No eran ajenos a la idea de la vida del más allá.
Ellos también, como confirmación de lo que creían, escucharon de la boca del Maestro, la parábola sobre el rico Epulón y su ruego para que el mendigo le empape la punta de la lengua.
Pese a todo esto, en el episodio de la Resurrección de Cristo, aquellos mismos que vieron salir a Lázaro caminando de su tumba, se enfrentaron a algo que los desbordó de gozo.
Algo que estuvo más allá de cualquier cosa que nadie hubiera visto u oído; algo que sigue siendo novedad dos mil años más tarde.
VENCER A LA MUERTE
Desde tiempo inmemoriales, la muerte ha sido graficada como un enemigo poderoso e invencible. Frente a ella, no había fuerza ni sabiduría suficiente.
Según los antiguos, a ese mundo de sombras, sólo se accedía a través de fuerzas oscuras.
Por eso, para resguardar el alma de los difuntos, hicieron construcciones monumentales como las pirámides; escribieron tratados enteros y celebraron ritos de todo tipo.
Para los judíos, la muerte separaba el alma del cuerpo. Por ende, creían en las apariciones de espíritus.
Sucede que después de enterrar a Jesús, su cuerpo desaparece del sepulcro y como era lo lógico, María Magdalena al constatar que no está, llora de angustia, ante lo que creía una acción humana. “… se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto” (Juan 20:2).
Ella seguro creía en la vida del más allá y en la inmortalidad del alma, al igual que sus compañeros, pero también vio con sus propios ojos, ese cuerpo destrozado e inerte que bajaron del madero. Y vio cómo taparon el sepulcro con una inmensa piedra.
Entonces ¿cómo era posible que el cuerpo del Señor no esté donde lo dejaron?
Al ver el sepulcro vacío, Pedro entendió lo que había escuchado decir a Jesús. Y creyó.
Como consecuencia de ello, los apóstoles se convirtieron en portadores de una noticia tremenda: Cristo resucitó con su propio cuerpo. Un cuerpo glorioso que está más allá del umbral de la muerte y las sombras.
“Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Tóquenme y y fíjense bien que un espíritu no tiene carne ni huesos, como ustedes ven que yo tengo…” ( Lucas 24: 39)
YO SOY LA RESURRECIÓN Y LA VIDA
Cristo les dijo “Yo soy la Resurrección y la Vida”. ( Juan 11:25). Tal vez, sus seguidores se habían emocionado escuchándolo decir estas palabras, pero no las habían comprendido en su real dimensión.
Después de ese domingo, el mensaje quedó claro en toda su extensión.
Cristo se hizo portador de una Vida nueva, una distinta. La resurrección de Lázaro y de todos los demás, fue un simple regreso a la misma vida que tenían antes. Jesús en cambio, no regresó de la muerte, sino que prevaleció por sobre ella, para no volver a morir jamás.
La enfrentó y la venció, pero no usando fuerzas oscuras como se creía antiguamente, sino con la fuerza del Amor.
Y así abrió la puerta para que nosotros también podamos soñar con esa Vida Eterna.
Por eso, después de su Resurrección ya nada es igual.
Con orgullo podemos afirmar que no seguimos a un hombre muerto, ni compartimos las ideas de un muerto. Los cristianos seguimos a un Dios Vivo, y que ha prometido acompañarnos hasta el final de los tiempos.
El único que puede hacernos parte de la nueva creación, porque se le ha dado todo poder sobre el cielo y la tierra. El que concederá la Vida a estos pequeños cuerpos mortales, pero no para volver a sufrir y morir, como se creía antes, sino para gozar con El por toda la eternidad.
Todos los que creemos en esta Buena Noticia y actuemos en consecuencia, para ser merecedores de esa invitación, resucitaremos como Él para no morir nunca más.
¡Feliz Pascua de Resurrección!





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