Hoy Miércoles Santo, ya estamos llegando a la mitad de la Semana Santa. Se nos pasa rápido este tiempo y llegamos a contemplar, porque la liturgia nos lo presenta, un hecho que nos trae una gran tristeza, pero al mismo tiempo nos habla de una gran esperanza.
Estamos contemplando la traición de Judas. Decimos que nos da tristeza por dos razones, porque nos apena que el Señor haya sido traicionado por un amigo, pero también porque en Judas estamos cada uno de nosotros.
Muchas veces al día o en nuestra vida traicionamos al Señor y podemos contemplar la figura de Judas para ver cómo nosotros podemos darle otro final a esa historia.
Judas no era malo desde el principio, no era un personaje retorcido, era uno de los 12.
Uno de los que siguió a Jesús, al principio con entusiasmo, pensando que iba a ser el Mesías, el Salvador.
Fue uno de los que hizo milagros, de los que predicó la buena noticia, que vivió con Él, que disfrutó con Jesús.
Durante mucho tiempo. Fue una persona que no se diferenciaba de los otros apóstoles, pero con el tiempo se fue centrando en sí mismo. Fue cediendo a su “soberbia” y eso fue lo que lo perdió al final.
Jesús intenta una y otra vez recuperar a su hijo, a su discípulo, porque ¡no hay nada que Jesús no nos perdone!
Jesús va ese día que contemplábamos hace poco en la liturgia también, ese momento en el que María de Betania derrama ese frasco de perfume a los pies del Señor.
LA ESPERANZA DE LA CONVERSIÓN
Judas sale con un comentario y Jesús lo corrige. Trata de que entre en razón. Luego lo contemplaremos mañana jueves en la oración en el huerto cuando va y Jesús le dice de nuevo: «amigo».

Como que trata de recuperarlo porque no hay nada que Jesús no perdone. Siempre hay espacio para la conversión. Siempre podemos volver.
Tú, Señor, con quien estamos conversando en este rato de oración, estamos hablando contigo, Jesús. Te reconocemos que siempre estás esperando, siempre nos estás tendiendo tu mano.
Es bonita esa expresión que dicen que puede transformarse en una especie de cliché, pero que en el fondo refleja una gran verdad: *»No hay un santo sin pasado ni un pecador sin futuro».
Siempre hay espacio para la conversión, porque el santo, el canonizado, tuvo un pasado. Tú, Jesús, a todos tuviste que perdonarlos.
Y nosotros que nos encontramos como pecadores en este mundo, miramos al futuro con esperanza porque decimos siempre: hay futuro para el pecador, para ti y para mí.
Qué esperanza, qué alegría. Sobre todo, porque nos damos cuenta que todo eso no depende de nosotros, sino de Ti, Señor. Qué alegría contar con un Dios así.
LA LIBERTAD HUMANA Y LA PARÁBOLA DEL HIJO PRÓDIGO
Si, Tú respetas nuestra libertad, Tú respetas siempre nuestra libertad y estamos en camino y Tú, Señor, nos dices que no puedes hacer nada si es que nosotros no queremos.
Pero cuando queremos contamos con un Dios que es padre, ese Dios que Tú mismo, Jesús, quisiste decirnos en la Parábola del hijo pródigo, que estás como ese padre mirando a ver si vuelve su hijo, a ver si regresa el hijo.
Así estás Tú siempre, Señor, esperando a ver si regresamos. Y como nuestra vida es emocionante, por decirlo de algún modo, porque estamos ahí en la batalla y a veces nos caemos y a veces fallamos.
Muchas veces tendremos que hacer de hijo pródigo, pero tenemos la seguridad, tenemos la certeza de que siempre estarás ahí esperándonos, de que Tú estás como ese padre de la parábola esperándonos para que podamos volver.
Judas siempre tuvo esa posibilidad. Sí, Judas que traicionó a Jesús, como nosotros lo traicionamos muchas veces en nuestra vida, sí pudo volver.
Y al darnos cuenta de nuestros errores, de nuestros pecados, tenemos dos opciones contemplando esta escena del Evangelio y todo el Evangelio.
Por un lado, tenemos la figura de Judas, que trató de quitarse la responsabilidad, como que se desesperó al ver que había traicionado a Dios.

Tira las monedas delante de los sumos sacerdotes, les dice que se ha equivocado; ellos, los sumos sacerdotes, no quieren cambiar y entonces se desespera y desgraciadamente se quita la vida.
NO ESTOY CON ÉL
Pero tenemos otro contraste, un contraste que nos llena de esperanza también: san Pedro, san Pedro también traiciona al Señor.
San Pedro grita por tres veces: «No conozco a ese hombre». Ni siquiera «no conozco a Jesús». «No conozco a ese hombre. Sea quien sea ese hombre, yo no soy suyo, no estoy con él».
Pero san Pedro, a diferencia de Judas, vuelve arrepentido, llora amargamente. Es distinta la actitud y es distinto el final. Judas desesperado termina mal. No sabemos lo que pasó al final.
Tampoco podemos decir qué sucedió, pero sabemos que esa historia termina de modo negativo. Ojalá, Señor, que se haya arrepentido en el último momento.
Pedro, en cambio, lloró amargamente, se arrepintió y llegó a ser la cabeza de la iglesia. Tú, Señor, no le tuviste en cuenta esa traición.
Como no nos tienes en cuenta a nosotros nuestros pecados cuando vamos arrepentidos a pedirte perdón en el sacramento de la confesión.
Y Tú nos elevas, nos consuelas y nos das ánimo y fuerza para volver a la batalla, para que ahora, olvidándonos de nuestro pasado, miremos con esperanza hacia el futuro.
IMITEMOS A PEDRO
Ojalá que nosotros, con la ayuda de nuestra madre santísima, de la Virgen María, porque como decía san Josemaría en un punto de Camino:
«A Jesús siempre se va y también siempre se vuelve, por María»
Imitemos a Pedro. Entonces, hay una película de “La Pasión de Cristo” que aparece después de las negaciones.
San Pedro se arrodilla delante de la Virgen llorando y luego se va. Seguramente ese estar delante de la Virgen y recibir su abrazo fue decisivo para él, para nosotros también.
Cuando a veces fallemos, cuando a veces pequemos, digámosle a nuestra madre: «madre nuestra, ayúdanos a volver».
Ayúdanos a volver. Ayúdanos a acudir con confianza al sacramento de la confesión para pedirle perdón y para recuperarnos, para volver a estar muy cerca de Ti.



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