Estamos en la tercera semana del tiempo de Cuaresma, y la Iglesia insiste en que consideremos nuestra conversión.
Puede llegar un punto en que uno de tanto intentarlo o de tanto pedirle perdón al Señor en el Sacramento de la Confesión, uno llegue a la conclusión de que la propia conversión básicamente es un milagro.
Hemos estado confesándonos más o menos de las mismas cosas, o hemos intentado cambiar este hábito que teníamos o arrancar la facilidad con la que caemos en cierta tentación específica.
Y entonces uno puede llegar a ese punto de la desesperación y decir: “Señor, o Tú obras un milagro en mí o aquí no hay nada que hacer”.
Si hemos llegado a esa conclusión, nos queda el consuelo de que no somos los primeros, tampoco seremos los últimos.
Hay una historia de conversión de un santo, que hace que, a uno, por así decir, como que le entra un fresquito, porque se nos hace de verdad creer, que los milagros existen.
PIDAMOS ESTE MILAGRO
Y que tal vez, efectivamente, no está de más que le pidamos al Señor este milagro: “Señor, el milagro de mi conversión”.
De quien te estoy hablando es de uno de los apóstoles, y no solamente apóstol sino también evangelista, porque los evangelios hablamos de los hermanos Boanerges.
Los Boanerges son los hijos del trueno, porque tienen un carácter sumamente fuerte, no es que sean precisamente una seda.
En cierto momento se nota que esto es así, porque ante la mala recepción que había tenido Jesucristo y sus discípulos en tierra de samaritanos, cosa que tampoco había de extrañarte, resulta que también pierden los papeles.
Estos que son dos discípulos, más bien mecha corta, en este tema de la paciencia, y dicen:
«Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?»
(Lc 9, 54)
¡Qué Carácter! Tú y yo, más una vez hemos sentido ganas de que le pase algo malo a una persona y después rectificamos, y decimos: ¡No, este pensamiento fuera!
Pero parece que estos no tenían mucha intención de rectificar, sino más bien efectivamente, estaban pidiendo permiso para que de verdad se cumpliera eso.

Estaban pidiendo que baje fuego del cielo y haga justicia esta gente que ha tratado mal al Señor y a los discípulos.
Aquí viene el milagro, sorprende porque uno de estos Boanerges: Juan, resulta que al cabo de los años va a escribir una carta que es francamente bonita, muy llena de cariño.
LA GRACIA HA ACTUADO
Tanto así que va a decir muchas veces en esa carta: hijitos, hijitos míos, o también va a decir muchas veces: queridísimos.
Aquí se ha producido un cambio, entonces hay dos posibilidades: – la primera es que Juan era esquizofrénico o bipolar, entonces a veces estaba súper amargado y otras veces era la dulzura máxima.
O la segunda opción; que me aparece a mí mucho más plausible, es que la gracia ha actuado. Aquí se ha producido un milagro de la gracia.
La gracia ha actuado en su alma, lo ha ido configurando con Cristo y también lo ha ido configurando en ese amor por los demás.
Si a san Juan, podemos decir que se le produjo este milagro, creo que no está de más que tú y yo lo pidamos: Esa conversión del corazón, que haga que tú y yo nos configuremos a Cristo también en el modo en el que queremos a los demás.
Esto te lo cuento, porque el evangelio de hoy va precisamente de esta conversión del corazón, en el momento en el que miramos a los demás.
Porque san Pedro, en cierto momento le pregunta a Jesús:
«Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18, 21)
Y cuando Pedro pone esta medida de siete, es porque siete significa básicamente mucho, san Pedro piensa “que se le está comiendo, estoy dando una medida muy alta”.
Y el Señor, resulta que le exige más:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.» (Mt 18, 22)
EL SEÑOR LE PIDE MÁS
Imagínate cuál habrá sido la cara de san Pedro, al darse cuenta de que él pensaba que ya siete era mucho, y el Señor le pide más.
Pero para que no piense, que es sencillamente una exigencia cruel de Dios, pasa a contarle una anécdota, una parábola, dice:
“Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos.” (Mt 18, 23-24)
Ahorita no tengo el dato, pero si no recuerdo mal, un talento solo son 33 kg de plata, entonces 10,000 talentos pues serían unos cuantos kilos de plata.
“Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase.
Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: «Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré.»
Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.
Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios.” (Mt 18, 25-28)
Cien denarios, en comparación con los 10,000 talentos, es que es una tontería, casi estamos al nivel de centavo, prácticamente.
PERDONAR COMO DIOS PERDONA
“le agarró y, ahogándole, le decía: «Paga lo que debes.»
Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: «Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré.» (Mt 18, 28-29)
Exactamente lo que dice que le pidió al rey, pero él se negó.
Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. (Mt 18, 30)
Aquí tú y yo ya sabemos cuál es el mensaje de la parábola, que tú y yo perdonemos como nos perdona Dios.

Los compañeros del criado al ver lo ocurrido se indignaron,
Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?» Y encolerizado su señor, lo entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.” (Mt 18, 31-34)
Señor, cuando Tú le cuentas eso a Pedro y a los que están oyendo, lo que estas queriendo decir es que les pongo una vara muy alta, 70 veces 7.
Pero si te pongo esa exigencia tan elevada, es porque yo te estoy dando el ejemplo, precisamente contigo.
SER FUERTES
Nos estamos acercando ahora a la semana santa, y allí vamos a ver cuánto nos ha perdonado Dios primero a nosotros. Veremos al Señor clavado en la cruz, inocentemente por culpa de nuestros pecados.
La gravedad de todo lo sufrido por el Señor, es un indicio clarísimo de la fuerte deuda que teníamos tú y yo con Dios y lo mucho que nos ha perdonado.
Ahora, el Señor nos dice: Mírame en la cruz, y ¿cómo no vas a ser tú también lo mismo con los demás?
Es verdad que capaz hay que pedir un milagro, Señor, ayúdame a convertirme en este campo de la paciencia, ayúdame a convertirme en este campo del resentimiento, del perdón.
No nos excusemos, hay un punto de Camino, que también nos espolea en este tema, porque en el punto 4 de Camino, dice:
No digas: «Es mi genio así…, son cosas de mi carácter». Son cosas de tu falta de carácter: Sé varón —«Se fuerte».
No metamos excusas a la misericordia, al tratar los demás como los trata el Señor.
Podemos aprovechar este Evangelio para decir: “Señor, si yo quiero el milagro de mi conversión, tengo que empezar primero por contemplar con muchísima frecuencia lo mucho que Tú me has perdonado a mí.
A LOS PIES DE LA CRUZ
Señor, si yo que soy una persona con tendencia a perder fácilmente la paciencia, mecha corta Señor, yo también soy un Boanerges, un hijo del trueno.
Esa no es excusa, decir que yo soy así, sino más bien es una oportunidad para decir: Señor, pero yo me puedo convertir en la medida en la que yo te mire a Ti, en que yo me fije primero en lo mucho que me has perdonado.
Imagínate, en la en la infinita paciencia que has tenido conmigo, y que tienes también conmigo.
Señor, en la medida en que yo me fije más en el amor que Tú me demuestras, será más fácil que yo vaya y haga lo mismo con los demás.
La conversión es necesaria, y tenemos pocas semanas, pocos días hasta ese momento, en el que queremos llegar a los pies de la cruz.
Con este corazón convertido, identificado con Cristo, por la acción de la gracia que inflama nuestra voluntad.



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