Pensaba que la meditación de hoy se podría llamar el abrazo del Padre, la libertad y el pacto de la misericordia. Y es que vamos a hablar del Evangelio de hoy que es el Evangelio del Hijo Pródigo, tal vez uno de los textos más reconocibles de la predicación de Cristo.
Miles y miles de predicadores, sacerdotes, catequistas, madres, de personas que leen a profundidad el Evangelio han encontrado en esta parábola un aliento para seguir adelante, una forma de ver la misericordia infinita del Señor. Por eso, para empezar nuestra oración, pongámonos en la presencia de Dios y vamos a adentrarnos en la parábola más grande jamás contada.
Pero quiero que la miremos hoy con unos ojos especiales, con la mirada de un padre que no es un simple legislador, sino el creador de una familia. Y nos imaginamos porque la tenemos bastante fresca en la memoria.
“El hijo menor se planta ante su padre y le dice, dame la parte de la herencia que me toca”.
En el contexto bíblico, pedir la herencia antes de tiempo es decirle al padre, para mí estás muerto sólo me interesan tus cosas, tú no. Es como la ruptura total de la comunión.
MISERICORDIA INFINITA
¿Y qué hace el padre? Pues el padre no lo detiene, se la da. Y uno podría decir, ¿Por qué permite Dios esta rebelión? Porque justamente Dios nos creó libres. Pues sólo así podemos amarlo de veras, con una elección real y no como robots programados. Los robots siguen comandos pero no aman. Y el Padre Celestial sabe que la ausencia de límites a veces puede producir vértigo y parálisis, pero entiende que el amor verdadero requiere que la libertad se convierta en una entrega voluntaria, en un sí que nace de la soberana libertad de quien ama.
Dios Padre respeta tanto la dignidad de su Hijo que le permite elegir el caos. Y aquí estamos tú y yo también. Hoy día hablaba con una chica que me dejó tempranito que ella se sentía mal porque le había fallado a Dios y entonces como había pecado entonces ya no hablaba más con Dios y le daba vergüenza hacer oración. Yo decía esto es típico de los protestantes que se ven como perfectos. Sin embargo, nosotros los católicos nos vemos como imperfectos.
Yo le ponía, mira uno de los animales que más sale en la Sagrada Escritura son los burros. Porque es a lo que más nos parecemos los hombres y las mujeres, a los burros, que es dale la burra al trigo. Que somos pecadores y nos reconocemos como tales. Por lo tanto, lo que queremos es que Dios nos perdone y que una y otra vez nos acoja. Y eso es lo que nos cuenta esta parábola.
LIBRES PARA AMARLO
Dios nos permite pecar, nos permite alejarnos de él pero a la vez está él pendiente. Por eso tal vez esta idea de que el país al que se fue el hijo pródigo era un país lejano y también que se da un hambre muy fuerte. Es bastante clara porque el hijo de esta parábola recoge todo y se va a un país lejano y el mundo le dice que es libre porque ya no tiene reglas, que puede hacer lo que le dé la gana.
Y es también un poco esa la paradoja de la libertad moderna, que nunca nos hemos sentido tal vez tan esclavos como ahora, lejos de el Padre que siempre nos ha querido. En este caso el hijo gasta todo buscando saciar un vacío. En el fondo, lo que este hijo pródigo siente es un hambre de infinito, es como un deseo profundo de comunión para el que fue diseñado. Pero claro, intenta saciar ese apetito de eternidad con comida chatarra, con comida emocional que lo llena un rato pero que le deja el alma desnutrida y termina cuando se va a cuidar cerdos.
SU AMOR ES CONSTANTE
Y dice el texto que “quería comer esas algarrobas que los cerdos comían”.
Ha perdido su identidad, se ha convertido en un cerdo más. Destrozado por el mundo real, se da cuenta de que la libertad sin orden es caos. Un territorio donde todo queda sin rumbo, donde nada tiene peso. Por eso el segundo punto que podemos ver aquí es que el padre siempre le espera. Mientras ese hijo se hunde en el lodo ¿qué hace el padre? Pues no a la guardia a buscarlo por la fuerza, no anula su libertad, pero tampoco lo olvida.
El padre se queda oteando, como viendo al horizonte cada día. El amor del Padre es como el color azul del cielo, inmenso, profundo y sobre todo constante. No es una pasión efímera que sube y baja, que se resiente porque le ha dejado sin unos bienes este hijo malagradecido, sino que permanece con una paz serena detrás de las nubes, esperando ser un refugio seguro.
El padre no es un resentido como un cactus lleno de espinas y orgullo herido al que daría miedo acercarse, no. Él tiene esa sensibilidad del bonsai, siempre dispuesto a acoger, a escuchar sin juzgar precipitadamente. Él espera porque sabe que el hijo debe hacer el viaje de regreso, asumiendo la responsabilidad de sus actos. Esa es la verdadera libertad. Es una libertad que se conquista al asumir la responsabilidad y dejar de ser víctima.
HABLARLE CON EL CORAZÓN
El padre anhela escuchar la única respuesta que tiene valor, la que brota del corazón del hijo que regresa diciendo, Señor, te sigo porque me da la gana, porque he encontrado en ti la única verdad que no me ha defraudado. He pecado contra el cielo y contra ti. Contempla a este Padre mirando el horizonte, Él no te presiona, no te violenta, pero hay una cosa segura que Él, ni un solo segundo, no ha deseado tu regreso. Siente la paz de ese amor azul y constante. Siente las ganas de regresar a tu Padre Dios.
Por eso, este tercer punto del hijo que por fin entra en sí mismo, que es el milagro de la conciencia, que es el sagrario del hombre donde escuchamos la verdad, prepara él mismo un discurso como de esclavo.
Dice, “ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como uno de tus jornaleros. Pero el texto dice, que cuando decide decir eso y se regresa, el padre lo ve y se conmueve ya de lejos, en el medio oriente antiguo un patriarca jamás corría, eso era indigno pero la misericordia no le importa el protocolo, se lanza a correr y cuando llega dice que se lanza sobre su cuello y lo cubre de besos el padre”.
No le pide que le de cuentas, al contrario le acoge.
DEJA QUE CORRA HACIA TI
Al igual que cuando nosotros nos arrodillamos frente a la Eucaristía, Dios no nos pide el éxito, sino que lo que quiere es que le hablemos con el corazón. Y Él nos recibe.
“Y el padre le interrumpe al hijo que quiere decirle que quiere ser como su esclavo, como su siervo, pero no le deja, sino que le pide el mejor vestido, el anillo, las sandalias”.
El anillo es el sello de la familia, que es como le da la restitución completa.
Y la identidad que Dios da no es un disfraz, no es una apariencia que te pones encima, es una vida que brota del centro del corazón. El Padre restaura la dignidad original porque el amor verdadero tiene el poder de sacarte de tu propio yo y de perfeccionarte en el encuentro. Deja que Dios corra hacia ti. No le ofrezcas ser su esclavo, Él quiere devolverte tu anillo de hijo. Él quiere que descanses en su abrazo.
Vamos a pedirle que en esta cuaresma nos convirtamos de corazón. Que celebremos con el Señor, porque la parábola termina con una fiesta.
“Celebremos con ese hijo mío que estaba muerto y ha vuelto a la vida”.
Que la misericordia nos transforme también a nosotros, con esa claridad de que el Señor nos espera siempre. Ponemos estas intenciones en manos de nuestra Madre, la Virgen María.





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