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DAME DE BEBER

Pidamos juntos al Señor de esa agua que sacia, y que nos adelanta la vida eterna.

LA SAMARITANA

Estamos en el tercer domingo de Cuaresma y estamos ya casi llegando a la mitad de este tiempo de preparación para la Semana Santa. La liturgia nos propone un evangelio que, en mi opinión, es maravilloso. Bueno todo el Evangelio es increíble, pero el de hoy nos da una serie de enseñanzas que nos ayudan mucho en este rato de oración y nos van a guiar todo nuestro rato de oración.

Se trata del encuentro de Jesús con la Samaritana. Jesús va caminando bajo el sol, un día de calor, seguramente se levantaron temprano ese día con sus apóstoles para poder hacer la primera parte del camino en esa mañana que es un poco más fresca.

Caminaron y cerca del mediodía se acercaron a una ciudad, a las afueras hay un pozo, Jesús se queda ahí en el pozo mientras los discípulos van a conseguir algo para comer. Esa necesidad que tenemos todos de alimentarnos, de llenarnos de esa energía para poder seguir caminando, para poder hacer nuestros trabajos, nuestros deberes.

Está Jesús ahí en el pozo mientras los apóstoles están en la ciudad y se acerca una mujer, una mujer que iba a buscar agua. No era la hora normal de ir a buscar agua, porque como decíamos, a esa hora hacía calor, la gente del pueblo solía ir a buscar agua en la mañana más temprano, pero esta mujer se acerca ahí a mediodía porque no quiere toparse con otra gente. 

DAME DE BEBER

Y esta mujer, quizá al ver que había un judío, estábamos en Samaría, un pueblo que no hablaban con los judíos, al ver ahí un judío se sorprende y se dice a sí misma: ¿qué hará este hombre aquí? Pero como no se hablaban, no le dirigió la palabra. 

Jesús en cambio, que no le importa la raza, no le importa quién es, si es mujer, si es hombre, si es de tal raza o de tal otra, porque ahí ve una persona, un alma, alguien que Él quiera sea feliz, alguien que quiere relacionarse con él, entonces Jesús se acerca y le pide:

«dame de beber».

Quería quedarme primero con esta frase, dame de beber. Jesús es un hombre verdadero, Jesús tiene sed, pero esa sed no es como nuestra sed de agua, sino que es una sed mucho más profunda. 

San Agustín dice en uno de sus escritos:

Dios tiene sed de que tú tengas sed de Él”.

Y esto se ve en este pasaje que estamos contemplando.

Y más que sed de agua, Jesús tiene sed de que la samaritana descubra que él es quien la pueda hacer feliz.

Todos somos en cierto sentido la samaritana, todos somos esa persona que está un poco desorientada, no perdida, porque nosotros sabemos que el que está perdido no tiene vuelta atrás. Sin embargo, nosotros estamos un poco desorientados. 

Siempre hay esperanza, siempre tenemos una luz en nuestro camino, pero estamos desorientados a veces y no sabemos cómo saciar nuestra sed. Y Dios está siempre, Tú Jesús, estás siempre a nuestro lado ofreciéndome un vaso de agua, un vaso de agua que no es cualquier agua. 

MANANTIAL DE VIDA ETERNA

Más adelante Jesús le va a decir:

«El que beba de esta agua del pozo de Sicar

(donde ahí estaba, Jesús seguramente apunta),

el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él, en manantial que brotará hasta la vida eterna».

Tu Jesús, a cada uno de nosotros no nos prometes un agua cualquiera, no es esa agua que nos va a saciar por un rato, no.

¿Se pueden imaginar un día de calor, en el que hemos estado mucho rato sin poder tomar agua y encontramos un vaso de agua fresca, esa que uno la toma y como que uno se da cuenta de cómo nos sacia?

Pero si no hacemos nada, dentro de un rato, un par de horas ya volveremos a tener sed. 

Jesús no nos promete un agua como esa, sino un agua que nos va a llevar a la Vida Eterna. A primera vista, esa agua no llama la atención, es un agua igual que cualquier otra quizás, pero luego su efecto es más que llamativo.

dame de beber

EL EFECTO DE LA GRACIA

Me acordé de una escena del Señor de los Anillos, o más que una escena, un suceso. Hay dos hobbits, Merry y Pippin, que son seres pequeños que alcanzaban una altura que llegaba a la cintura a un ser humano, a un hombre.

Ellos dos están cuidando un Ent, es un árbol de varios metros de alto, y este Ent, que se llama Bárbol, les ofrece su propia comida, que es un agua que solo sale en un lugar especial.

Esa agua nutre a los Ents y les da la fuerza para poder recorrer kilómetros y kilómetros sin cansarse, para poder vivir, para poder crecer, y al tomar de esa agua estos hobbits al principio no se dan cuenta de nada.

Pero después, cuando se encuentra con sus amigos se da cuenta de que ya no miden lo mismo, han crecido, y han crecido varios centímetros. 

Es el efecto de la gracia en nuestros corazones que nos hace madurar, que nos hace vivir la misma vida de Cristo, que nos hace crecer, que nos sacia y nos deja con nuestro corazón lleno de esa agua y que nunca más nos dará sed.

Y ante esa promesa de esa agua nosotros también decimos lo mismo que esta mujer, Señor dame de esa agua. 

Le hacemos esta petición a Jesús, te la hacemos a Ti, Señor, ahora en este rato de oración, Señor dame de esa agua, porque quiero participar de la vida de Dios, quiero crecer, quiero ser como Él. Dame siempre de esa agua Jesús. 

SED DE DIOS

Pero como decíamos al principio, Jesús nos está siempre ofreciendo esa agua. Tú Señor, estás siempre con un vaso de agua fresca, nutritiva.

Y no solo un agua, sino un manantial que siempre está fluyendo, que siempre está naciendo. Y eso está al alcance de mi mano.

Esa agua no la produzco yo, no es algo que yo hago, pero es algo que hace el Señor, que haces Tú Jesús y que me lo ofreces constantemente.

Tú. Tu presencia. Tú estás ahí. Estás ahí siempre en el mundo y especialmente en el Sagrario. Y tengo esa posibilidad de hablar contigo, de participar de los sacramentos, de nutrirme de la Eucaristía, de la confesión y de conectarme a esa fuente de agua viva. A esa fuente llena de energía, de fuerza, de todo lo que necesito para llegar a la felicidad.

Tú Señor, tienes sed de que yo tenga sed de Ti. Y cuando tengo sed de Ti y llego a Ti, y tú me das tu agua, nunca más volveré a tener sed.

Te puedo encontrar en la oración, te puedo encontrar en los sacramentos, te puedo encontrar en los demás. En esas personas que pasan a mi lado. Y esa sed eterna la saciaré ahí, porque Tú estás presente en el mundo, en mi trabajo, en mi oración, en mi diversión, en mi descanso, en la misa y en la confesión.

También en la ayuda a los demás, en el prójimo. Quien conoce más de todo esto es Nuestra Madre, la Santísima Virgen, que lleva esa agua, que la cuida y que también nos la ofrece. Y nos está continuamente diciendo, pídeme y yo te conseguiré esa agua que sólo te puede dar Jesús.

Madre Nuestra, dame esa agua de la que tú estás llena porque eres llena de gracia. Santa María, Madre Nuestra, ruega por nosotros.


Citas Utilizadas

Ex 17, 3-7

Sal 94

Rm 5, 1-2. 5-8

Jn 4, 5-42

Reflexiones

Señor, dame de esa agua, porque quiero participar de la vida de Dios, quiero crecer, quiero ser como Él.

Predicado por:

P. FELIPE

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