Hoy nos presenta el Evangelio de san Marcos ese doble milagro, de cuando Jesús regresó y el jefe de la sinagoga, Jairo, va a verlo y se arroja a sus pies rogándole con insistencia que le vaya a ayudar porque su hija se está muriendo.
«Ven a imponerle las manos para que se cure y viva».
Y dice que Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.
Aquí se da otro milagro en este camino, que es esa mujer hemorroísa que había sufrido durante muchos años (en el pasaje paralelo de san Mateo habla de doce años) que había sufrido en numerosos médicos y gastado todos sus bienes y que pensaba
«con sólo tocar su manto quedaré curada».
Efectivamente, le toca y cesó la hemorragia y ella sintió su cuerpo sano.
Y Jesucristo pregunta
«¿Quién ha sido? ¿Quién tocó mi manto? Ella muy asustada, temblando porque sabía bien lo que había ocurrido, se arrojó a los pies de Jesús y le confesó la verdad y Jesús le dice: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, queda curada de tu enfermedad”».
Mientras hablaba llegan los parientes del jefe de la sinagoga y le dicen
«tu hija ya ha muerto»
y Jesús le dice que vayan y se lleva a Pedro, a Santiago y Juan. Cuando entró a la casa les dice que la niña no está muerta, sino que duerme.
«Jesús hizo salir a todos y tomando consigo al padre, a la madre y a los que venían con Él, entró donde ella estaba y le dijo: -Talitha qum- que significa: niña, Yo te ordeno, levántate»
(Mc 5, 21-41).
SÓLO TOCANDO SU MANTO
Aquí vimos dos milagros grandísimos de Jesús. La fe que tiene Jairo y que va a transmitirle a Jesucristo para que le cumpla el milagro de salvarle a su hija, es comparable a la fe de la hemorroisa que se acerca con la misma idea, sin participar su problemática a Jesús, simplemente con la idea de tocarlo.
La fe comienza con el reconocimiento de nuestra propia nada ante la grandeza del Señor. Jairo, que es el jefe de la sinagoga, se despoja de su prestigio y, dice:
«se postra a los pies de Jesús».
No viene por sus méritos, sino movido por el amor de padre y una esperanza que lo sobrepasa. Esta audacia sobrenatural es la que se nos pide hoy: acudir a Dios con la naturalidad que sabe que Él es capaz de todo.
Por eso piensa, ¿tu fe te lleva a postrarte ante el Sagrario con la humildad de quien reconoce que necesita a Dios para todo en su día a día? O ¿soy capaz de pedir ayuda con la sencillez de un hijo sin que mi cargo o mi imagen profesional me lo impida?
¿Entiendo que mi fe debe ser una responsabilidad presente, una deuda de amor que me impulsa a buscar a Cristo activamente? Esto es lo que tenemos que luchar en nuestra vida: por reconocer la grandeza de Dios, ahí está la fe.
RECONOCER LA GRANDEZA DE DIOS

El otro día estaba rezando y me daba cuenta de eso, que más que la oración de decir muchas cosas o de preparar unos discursos o estas mismas meditaciones, por ejemplo, que a veces son estructuradas y tienen ejemplos… la oración es darse cuenta de la grandeza de Dios. Eso es lo central, porque la oración de fe es la que ve a Dios como Todopoderoso y se ve a uno mismo como alguien necesitado del Todopoderoso.
Señor, hoy en este rato de oración, queremos pedirte que tengamos esa fe de verte grande a Ti y pequeños a nosotros, de no tener esa como exaltación personal de que somos importantes, de que somos orgullosos… ¡para nada!
Eso mismo vemos en la mujer hemorroísa, quien representa al que vive en medio del mundo y busca a Dios entre el ruido, en las ocupaciones diarias y tal vez su fe no es un discurso público sino un silencio lleno de intención. Es tener esa convicción interna de que basta tocar el borde de su manto para ser salvo.
TOCAR LOS BORDES DEL MANTO
Hace unos años me regaló un amigo un cuadro en donde se ve una mano que a ras del suelo toca los bordes de un manto. Eso lo tenía en la sala donde grababa estas meditaciones y para mí siempre fue significativo este ejemplo de la mano que ya está al nivel del suelo, que toca el borde del manto porque sabe que ese es su único refugio.
Eso es lo que hizo esta mujer hemorroísa, ella nos enseña que la santidad no es una doble vida sino una sola donde la fe impregna cada gesto diario.
Por eso, ¿busco momentos de silencio interior para tocar al Señor a través de mi oración, incluso en los días en donde estemos tal vez más ocupados? O ¿Tenemos la certeza de que Dios nos acompaña incondicionalmente en todas las circunstancias, incluso en las más pequeñas?
Por eso, nuestro trato con Dios tiene que ser esa conversación interior, que nos permite ser fermento ahí donde estamos. Yo creo que es importante que así lo veamos.
San Josemaría hablaba con frecuencia de la fe a los primeros de la Obra. En los comienzos les decía:
“sin apoyos humanos”,
“en medio de grandes dificultades”,
recuerda que pasaron la guerra y luego la guerra mundial, pero su fe era como la de esta mujer hemorroísa, como la de Jairo: agarrarse a la voluntad de Dios con la seguridad de que Dios lo haría todo.
UN BORRICO DE NORIA

El mismo san Josemaría se describía como: “un borrico de noria”. Un borrico de noria es el que va dando vueltas a la noria, a esa esa rueda que va generando toda la movida del agua, que hace que todo alrededor empiece a funcionar. Lo único que tiene que hacer el burrito es dar la vuelta.
Y ese es el trabajo cotidiano con los hijos fijos en Dios, convencido de que ese esfuerzo sencillo está santificando el mundo entero, con lo cual nos vamos a encontrar con estas cosas.
En este mismo relato evangélico nos encontramos con un momento crítico, que llega cuando se le acercan a Jairo y le dicen:
«tu hija ha muerto»,
entonces Jesús pide ahí lo imposible todavía: creer contra toda evidencia. Cualquiera hubiera soltado todo, sentado a llorar… sin embargo, Jesús le pide algo más y la realidad parece contradecir esa esperanza. Y es justamente en ese camino inclinado donde la fidelidad se vuelve creativa y la obediencia se convierte en una confianza sobrenatural.
TENER MÁS FE
Podemos preguntarnos a nosotros: ¿cómo reaccionamos cuando las noticias son desfavorables y parece que el Señor no responde a mis peticiones? ¿Es mi fe una confianza sobrenatural que se mantiene firme en los tiempos de cambio o de crisis profundas? ¿Sé descubrir en la Cruz una oportunidad para fortalecer mi docilidad a Dios y mi oración personal?
Esto es lo que tenemos que ver: el Señor nos busca a través de eso y nosotros damos siempre testimonio de nuestra fe hacia los demás; que los demás se fijan también en esas cosas y también nosotros nos hacemos más fuertes; los demás son también ayudados por ese testimonio que damos, tal vez, en silencio de fe.
Por eso, hoy en este día de oración, Señor, te pedimos que nos ayudes a tener más fe para responder positivamente, para saber que si te buscamos con el corazón Tú nunca nos das la espalda, sino que siempre estarás ahí. Tal vez no respondiendo a la primera llamada, tal vez incluso permitiendo que las cosas lleguen al extremo, pero siempre acompañándonos, porque esa es la fórmula que buscas para que las almas se engrandezcan.
Vamos a poner estas intenciones en manos de nuestra Madre la Virgen: señora, ayúdanos a aumentar nuestra fe.



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