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SÍ HAY DE OTRA

Un cristiano sabe que el hombre ha sido creado para trabajar, así como el ave para volar. Sabe que el trabajo es un gran bien del hombre, no un castigo.

Después de haber vivido unos días, unas semanas de tiempo de Navidad, contemplando al niño Jesús en su cuna durante largos ratos de oración, este domingo volvemos a lo que la liturgia llama: el tiempo ordinario. 

El evangelio de la misa de hoy nos presenta a Jesús curando a muchas personas desde la madrugada hasta bien metida la noche. A la gente de Nazaret le cuesta creer que aquel Hombre al que habían visto crecer, trabajar, sudar, cansarse, estuviera haciendo tantos milagros. Y, sin embargo, Jesús es Dios y es también verdaderamente Hombre.

Jesús trabajó treinta años como uno más, de manera escondida, silenciosa, sin aplausos, sin milagros públicos. Fueron años de taller, de esfuerzo diario, de obediencia a María y a José. De constancia en un quehacer que a ti y a mí, ahora que volvemos a la escuela, al colegio, a la universidad, al taller o a la oficina, nos dice muchísimo.

Podríamos pensar que están separados los años de vida oculta de Jesús, de aquellos otros como el del evangelio de hoy de vida pública y sin embargo no. Jesús no empezó a salvar al mundo cuando predicó o cuando murió en la Cruz o cuando resucitó, sino que empezó mucho antes, trabajando. 

Por eso después, cuando Jesús predica, en todas aquellas palabras están como impregnadas de imágenes, que salen de lo que Él había vivido: el obrero en la viña, los talentos, las semillas, el jornal… Habla de lo que había vivido.

Por eso también hoy en el evangelio de la misa vemos a Jesús trabajando muchísimo desde la madrugada hasta el anochecer. Termina el evangelio diciendo:

«Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios»

(Mc 1, 39). 

Es lógico pensar que este ritmo lo había desarrollado Jesús por la virtud de la laboriosidad durante sus treinta años de vida oculta en Nazaret. Treinta años trabajando en el taller. Un ejemplo que nos ayuda a no ver el trabajo como una carga, como algo que hay que aguantar para poder vivir. 

CREADO PARA TRABAJAR

Me acuerdo de aquella escena tan gráfica: aquel buen hombre, escoba en mano, un saludo en la calle.

–       ¿Qué tal?

–       Pues aquí trabajando, no hay de otra. 

Lo decía sonriendo, pero en el fondo parece que el trabajo es lo que toca mientras no se puede estar en la playa. Y ojo que esa mentalidad no es sólo de la gente sencilla, también gente muy formada, incluso dentro de la Iglesia, se sorprende cuando descubre que la santificación pasa por el trabajo ordinario. 

Pero la visión cristiana es que el ser humano ha sido creado para trabajar, como el ave para volar. Nos lo dice ya el primer libro de la Sagrada Escritura, el Génesis:

«El trabajo no es un castigo, ni el cansancio es un castigo, porque Cristo lo ha transformado».

Sin embargo, el cansancio en el Génesis viene después del pecado. Por eso el trabajo siempre es un gran bien, algo profundamente humano. 

treinta

Y en ese silencio de Nazaret, Jesús está ya redimiendo al mundo y allí nos está enseñando el camino. Primero hacer y luego enseñar; primero trabajar bien, ser conscientes que, del trabajo bien hecho con perfección humana, Dios espera mucho bien para la humanidad. Y que cuando uno descubre de verdad que el trabajo (cuando digo trabajo, también estoy hablando de estudio) ordinario, que el estudio ordinario es lugar de encuentro con Dios, le sobra la superficialidad, se le quita la rutina, empieza a rectificar la intención, aprovecha mejor el tiempo.

El estudio o el trabajo deja de ser sólo lo que hago y pasa a ser lo que le estoy ofreciendo cada día al Señor. Ese trabajo bien hecho, ese estudio bien hecho, nos pone como en diálogo con Dios; es como un idioma. 

Se puede hablar con Dios trabajando, se puede vivir en comunión con Dios a través de la tarea diaria y por eso entendemos también lo de convertir el trabajo en oración. Pero no cualquier trabajo, sino uno hecho con rectitud de intención, un trabajo que sea servicio, entrega sincera, perseverante, menos palabras y más horas, más codos.

Y el fundamento de todo esto es el amor. El trabajo nace del amor. Manifiesta el amor, se ordena al amor. Y cuando se trabaja por amor, el trabajo se vuelve creador y redentor. 

El trabajo es creador porque el ser humano no se limita a transformar mecánicamente lo que existe. Con su inteligencia, con su iniciativa, completa la creación. Cada trabajo bien hecho deja algo nuevo en la tierra. Somos de algún modo colaboradores de Dios creador. 

Y si somos colaboradores, conviene hacerlo bien, con puntualidad, con generosidad, con intensidad, con espíritu de servicio. Y junto a este aspecto objetivo del trabajo está el aspecto subjetivo: no sólo hacemos mejor las cosas, nos hacemos mejores a nosotros mismos. 

El trabajo nos pule, nos ordena, nos humaniza. Así santificamos el trabajo y nos santificamos con el trabajo. 

El trabajo es el modo habitual de forjar también el destino eterno: el Cielo, ahí está su enorme dignidad. 

Por muchos éxitos que se alcancen, si no los llenamos de espíritu de Dios, aquello queda vacío. Por eso el motor de nuestro trabajo no puede ser sólo el rendimiento, el reconocimiento, el resultado, sino la santidad; la santidad propia y ajena. 

Santificar el trabajo, santificarnos con el trabajo y hay un tercer aspecto: santificar a los demás con el trabajo.

EL TRABAJO ES CORREDENTOR

El trabajo tiene una fuerza apostólica enorme y no porque convirtamos la profesión en discurso religioso, sino porque el apostolado nace de la amistad, de la convivencia, de trabajar codo con codo con esas personas, con esos clientes, con esos colegas. 

Ahí está un campo inmenso para dar testimonio, primero con el ejemplo y luego cuando se dé también con la palabra. 

treinta

Pero el trabajo también cansa y el cansancio puede hacer que lo que empezó con ilusión pueda caer en la rutina, que lleguen las dificultades, que pese el sudor, que venga la fatiga.

Ahí conviene recordar que el trabajo no es sólo co-creador, sino también corredentor. Que cuando el cansancio aprieta, cuando la monotonía pesa, es buen momento de unir todo ese sacrificio a Cristo en la Cruz. 

Como la gota de agua se mezcla con el vino antes de la consagración, el trabajo ofrecido participa de la redención del mundo, la fatiga se vuelve fecunda y trabajamos por amor; el amor lo cambia todo.

Como contaba aquel escultor de la Sagrada Familia de Barcelona, que decía que

“cuando se trabaja con amor y por amor, el cansancio desaparece, porque el amor genera una energía interior tan grande que es como la de la fuerza del enamorado, que recorre kilómetros sin notar el cansancio para estar con su amada”. 

El amor es lo que nos lleva a vivir las virtudes en el trabajo: la justicia, la laboriosidad, la templanza, el cuidado de lo pequeño; el amor vence la falsa posición entre trabajo y oración o entre trabajo y apostolado. Todo puede unificarse. 

Y la raíz es muy clara: Dios se hizo Hombre, el Verbo trabajó con manos humanas, vivió nuestras mismas limitaciones y desde entonces el trabajo tiene un valor inmenso. Está redimido y puede ser redentor. 

Vamos a terminar, como siempre, acudiendo a María, que

«guardaba todo en su corazón»

(Lc 2, 19),

de modo especial esos treinta años de vida escondida en Nazaret. Acompañó a Jesús en el trabajo diario, en lo ordinario, en lo de cada día. 

Pues hoy le pedimos aprender lo mismo: acompañar a Jesús con nuestro trabajo, con nuestro cariño, con nuestra constancia, con nuestro amor y así poco a poco ir haciendo de la jornada ordinaria un lugar de encuentro con Dios.


Citas Utilizadas

1Sam 3, 1-10. 19-20

Sal 39

Mc 1, 29-39

Lc 2, 19

Reflexiones

Jesús que yo sepa santificar el trabajo, santificarme con el trabajo y santificar a los demás con el trabajo.

Predicado por:

P. Josemaría

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